70 años del «Maracanazo» y el arquero que murió dos veces

Por José Luis Ponsico (*)Crónica de una jornada inolvidable del fútbol mundial y la historia del hombre que fue señalado por todos como el culpable de una derrota inesperada.

 

José Luis Ponsico

El domingo 16 de julio del 50, Brasil vivió la mayor frustración de la historia en recinto lujoso: Estadio Maracaná 190 mil espectadores, construído para el Mundial, después de la interrupción por la Segunda Guerra en Europa y Asia. En 1938 en Francia había ganado en Italia.

 

Friaza, Zizinho, Adhemir, Jair y Chico habían goleado a todos los seleccionados rivales. Uruguay con esquema conservador, del medio para adelante con tres atacantes habilidosos y rápidos (Juan Schiaffino, Omar Míguez y Alcides Ghiggia) llegaba como «partenaire» obligado. Brasil carecía de un gran Obdulio Varela.

Con el empate Brasil daba la vuelta olímpica. Se definía por puntos. La última edición sin partido final. A los 3 minutos del segundo tiempo el puntero derecho Friaza -en la jugada previa hubo offside- puso en ventaja a Brasil. Obdulio tomó la pelota y caminó hasta el centro de la cancha.

El árbitro británico resultó interpelado por el Negro Jefe, capitán de Uruguay. Le reclamaba el offside previo. El línea subió y bajó la bandera. El partido estuvo demorado unos minutos. El juez pidió un intérprete para disuadir a Obdulio. El objetivo logrado: Varela había enfriado el Maracaná-

 

Aquella tarde se batieron todos los récords de asistencia de público

A partir de los 15 todo se hizo parejo. A los 21´ el «Pepe» Schiaffino con sombrero incluído, en la puerta del área, dejó desairado -pudo ser Danilo- al marcador y clavó el empate. El portentoso arquero Roque Gastón Máspoli ya septuagenario comentó en una entrevista a fines de los´80: «recuerdo al wing izquierdo en una jugada anulada, quedó cerca mío. Nosotros ya habíamos empatado y Brasil fallaba en los pases. A Chico lo ví «blanco» `palidez de un tipo «cagado» describió una de las figuras del gran partido en Río de Janeiro. En el minuto 34 llegó el acabose.

«Con Julio Pérez la practicábamos -contó una y mil veces el milagroso Alcides Vicente Ghiggia que en el 47 se probó en Atlanta y no quedó- esto es: «Pájaro Loco· -apodo del mediocampista- la veía venir y sin mirar ni que la pelota toque el piso de tijera la ponía larga para el arranque mío en velocidad».

 

Un Maracaná mudo ve evaporarse el sueño que acariciaba de antemano

«El marcador mío, Juvenal, buen jugador, estaba adelantado y gané la espalda. Me abrí un poco y el «Negro» Barbosa creyó que estando muy oblicuo mandaría el centro para el «Cotorra» (Omar) Míguens, algo que no hice» evocó Ghiggia. El remate bajo se le escurrió en el primer palo. El izquierdo suyo», describió el wing derecho histórico.

 

Por su parte, Moacir Barbosa Nascimento -homónimo del gran Edson Arantes do Nascimiento «Pelé»- con dolor en los 90 a un amigo suyo, en Anglais do Reis, le comentó: «Alcancé a tocarla y pensé que había ido al tiro de esquina. El silencio de impacto en el Maracaná me ubicó en la realidad. Me quería matar ahí mismo».

 

Sin ceremonia y «a escondidas» Jules Rimet entrega a Obdulio una copa que tenía otro destino

La historia no se llevó la vida de Barbosa en ése momento. Pero en la madrugada del 17 de julio sólo en Río de Janeiro hubo 49 suicidios. La «muerte» del arquero llegó a partir del día siguiente: el universo periodístico lo condenó. El gol de Ghiggia un error de Barbosa. La mochila del pobre guardavallas. Para siempre.

El partido al cabo lo ganó bien Uruguay. Recién al final Brasil lo metió en el área a los orientales. Pero Obdulio había dado crédito al «corralito»; Schubert Gambetta el 6 metido atrás y bajaban los delanteros, dejando arriba a Schiaffino que se turnaba con Míguens. Brasil, nervioso, no podía.

En los 60 en Río hicieron contrato a Barbosa, arruinado psicológicamente. Cumplía tareas de mantenimiento en el «Maracaná». Parecía virtual obra macabra de Boris Karloff. Encima un ayudante intentó una broma: Brasil cambió los arcos, los postes de madera dejaron lugar al sistema moderno. El muchacho le regaló los palos.

Muchos años pasaron para que se reconociese el drama de Moacir barbosa

Barbosa, reacción poco amistosa, los prendió fuego. La vida lo llevó a una novela policial para «O Globo», cuando falleció en el año 2000 con 79 años: «Barbosa el hombre que murió dos veces», publicó el de mayor tirada de San Pablo. Un tiempo antes recordaron una cruel confesión.

En charla con su amigo de toda la vida -al frente de un supermercado- Barbosa comentó: «Según nuestras leyes el homicidio es penado con 25 años de prisión; yo llevo algo más 40. No es justo, amigo». Murió en la tristeza y el dolor de «ya no ser aquel arquero elástico de 29 años, que no llegó a tapar el tiro esquinado.

 

 

(*) Columnista de La Señal Medios, Libre Expresión y Mundo Amateur