9 de julio: Los hombres y los hechos de un país que nunca fue

Por Adrián FreijoInteligencia, voluntad, estrategia, temores y una irrenunciable voluntad de independencia dieron marco a una jornada que aún espera convertirse en realidad.

Francisco Narciso de Laprida presidía ese 9 de julio las sesiones del Congreso General que se llevaba a cabo en Tucumán. Su presencia había sido forzada por el propio San Martín, al que la urgencia por declarar la independencia lo llevó a desoír aquello que en su vida de militar y estadista era un límite irrenunciable: el de la ética.

Y es que aquel delegado sanjuanino -a quien el propio Domingo Faustino Sarmiento definía como el hombre que más había ahorrado su provincia- había rechazado su nominación por considerar que en la elección que lo ungiera no habían participado sus coterráneos del interior y que ello quitaba legitimidad a su designación.

«Que vaya Laprida» ordenó el Libertador, a la sazón gobernador de Cuyo de quien dependía San Juan, urgido por reunir aquella asamblea de declarase la independencia final de España, cuyas tropas avanzaban desde el Alto Perú con las dificultades que les generaba la pertinaz lucha guerrillera de Martín Miguel de Güemes y la voluntariosa pero desordenada resistencia del Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano.

La inteligencia -como complemento de la urgencia y la necesidad- obligó a San Martín a dejar cualquier remilgo de lado, habilitar a Laprida y su falta de legitimidad y resolver que las deliberaciones se iniciaran aún sin esperar la decisión de los integrantes de la Liga Federal( la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe) sumidos en su propio enfrentamiento y en las luchas sordas que personificaban Artigas, Ramírez y López.

«Seamos libres…lo demás no importa» fue el apotegma de aquella decisión sanmartiniana. ¿Cuánto más podría resistir Güemes?, ¿cuánto llevaría reorganizar el Ejército del Norte y convertirlo en una fuerza capaz de detener a aquel ejército de veteranos de las guerras napoleónicas que la corona española había despachado desde Cuba para aplastar la corriente emancipadora?.

Y contra reloj el objetivo se cumplió: nació un país y comenzó a andar el doloroso camino de la organización nacional.

Lo que siguió no es motivo de esta recordación; baste saber que medio siglo después recién se lograba la unidad territorial, consolidada con el ingreso de Buenos Aires a la república constituida en 1853 siete años después y muchas muertes mediante, allí por 1860.

Desde entonces, agobiada por enfrentamientos y divisiones y arrasada por malas elecciones en materia política y económica, Argentina sigue esperando concretar el sueño de quienes la liberaron y la independizaron con inteligencia, celeridad y estrategia.

Aquellos hombres de 1816 supieron elegir el camino correcto, el momento justo y hasta los atajos necesarios. En la urgencia y el peligro fueron capaces de entender que el momento era ese, solo ese y que no habría otra oportunidad.

Y fuimos libres...aunque ya es tiempo que lo demás importe.