Salió Mourelle: adiós a «Rasputito», el Rasputín chiquitito

Por Adrián FreijoLa decisión del intendente de cesar en su cargo al cuestionado funcionario pone fin a un tiempo para el olvido, la vergüenza y la reflexión. Que a nadie más se le ocurra.

Hernán  Mourelle no hizo esta vez nada novedoso ni cruzó un límite que ya no hubiese traspasado antes.

O si…ahora sus diatribas y descalificaciones se dirigieron al propio intendente Carlos Arroyo. La lectura más sencilla indicaría que el hombre estaba autorizado para descalificar e insultar a quien se le antojase, menos a Zorro Uno.

Atropellar a empresarios, trabajadores, cleros, organizaciones gremiales y empresarias, periodistas, representantes del pueblo, asociaciones vecinales, clubes deportivos, productores rurales, dirigentes políticos y sociales, docentes municipales y a todo un sistema que brilló por más de medio siglo y a todo aquel que tuviese alguna actividad visible en la ciudad era un terreno permitido para este hombre llegado de Lanús, grosero y delirante, mientras rindiese pleitesía a Su Majestad Carlos Fernando I (y último) y le deslizase al oído todo aquello que él quisiese escuchar y fuese a su vez útil para inventar un relato de eficiencia en medio de la más atroz decadencia que la ciudad recuerde.

Pero como Rasputín con el Zar Nicolás II de Rusia o el cardenal Richelieu con Luis XIII de Francia, Mourelle terminó creyendo que él era más importante que su mandante. No era raro escucharlo afirmar que «Arroyo no entiende nada y es un títere de su entorno familiar» y repetir a quien quisiera escucharlo que él había salvado una administración que marchaba hacia el abismo.

De pequeñas dimensiones profesionales y un oscuro pasado de burócrata, el regordete ensoberbecido comenzó a manipular las cuentas municipales pretendiendo un equilibrio fiscal inexistente y condenó a Arroyo a casi dos años de inacción en el que solo pudo aferrarse al grotesco de alguna fotografía junto a una obra ajena que pretendía propia. A eso se limitaba «la mirada política» de este singular dúo que hoy llega al divorcio, mientras el agujero negro en los números se iba agrandando y la falta de concreciones se engullía el cada vez menor capital político del hombre del plan secreto que apenas unos años antes se alzó con casi el 50% de los votos marplatenses.

Dictámenes erráticos, pomposos discursos, verdades a medias, todo era utilizado por Mourelle en su intento por descalificar el pasado y enaltecer un presente que la comunidad percibía oscuro y decadente.

Pero la máscara cayó y la impostura quedó en evidencia. Ya en los últimos días muchos de los destinatarios de sus maniobras mostraban más preocupación por sostener la gestión de Arroyo para evitar un final de escándalo que en dedicar tiempo alguno a contestarle a un Mourelle descontrolado, delirante y ya fuera de todo eje. Su caída era evidente y ya no tenía sentido ni siquiera contestar a sus últimos agravios.

Hernán Mourelle ya es historia. Triste y grotesca, pero historia al fín…

Ahora deberá repararse el daño producido, recuperar el diálogo y abrir las cuentas públicas -las verdaderas- para que la próxima administración tenga la información necesaria para afrontar una recuperación que seguro demandará tiempo y esfuerzo.

Y esperar que a ningún gobernante en el futuro vuelva a ocurrírsele meter por la ventana a estos diminutos personajes que terminan creyendo que, por arte de magia, trocaron de oscuros en luminosos e imprescindibles.

Que Dios lo acompañe…