Alberto enfrenta la tormenta perfecta de propios y extraños

Por Adrián FreijoCrecen los contagios de COVID-19, la justicia lo frena en el avance por Vicentín, los acreedores marcan el paso de la negociación de la deuda. ¿Querés más?…tenés más.

Alberto Fernández mastica por esta hora la bronca de saber que muy posiblemente deba volver a comunicar a los argentinos un endurecimiento del aislamiento obligatorio. Y sabe que el humor social ya no es el mismo que le permitió lucir sus exposiciones doctorales en aquellos días en que la información que recibía le aseguraba que el achatamiento de la curva de contagios iba a depositarlo, sobre fines de junio, en una situación que lo mostraría frente al país y al mundo como un verdadero piloto de tormentas.

Pero nada de eso ocurrió. Aquella fecha de la apoteosis se convierte ahora en la que recibirá un pico de infectados, con el mal humor de la gente a flor de piel y la sensación generalizada de que algo salió mal o algo se ocultó a la sociedad. O tal vez, lo que es peor, que quienes tomaron las decisiones no actuaron con la inteligencia necesaria para comandar semejante circunstancia.

Creía el presidente que en medio del drama sanitario podría mostrar un perfil de estadista, resolviendo el problema de la deuda y evitando que el país cayese otra vez en default. También equivocó el diagnóstico…

Por quinta vez en 40 días debe correr hacia adelante la fecha de cumplimiento de aquella afirmación que hoy ya parece parte de una mala comedia: «esta es la última oferta y Argentina de acá no se mueve». Desde entonces Martín Guzmán ha tenido que mejorar la propuesta de acuerdo en tres ocasiones y siempre ha recibido la misma respuesta:«NO».

¿Mala praxis?, ¿falta de entendimiento acerca de cómo funcionan los fondos que negocian con el país?, ¿mala lectura del apoyo que podía esperarse del Tesoro norteamericano, que en los hechos nunca abandonó su tibia y prescindente cercanía?, ¿sobrevaloración del peso del FMI frente a los bonistas?. Un poco de todo, lo que no es raro en un gobierno que piensa con dos cabezas, proyecta con dos cabezas y decide con dos cabezas.

Para Alberto el default puede ser el principio del fin; para Cristina tal vez solo el principio…

En el medio de estos dos grandes dramas nacionales -coronavirus y deuda- a alguien se le ocurrió la idea de ir por Vicentín.

¿Fue Cristina la madre de la idea?; Alberto dice que no, que todo es su decisión…nadie le cree.

Y más allá de la mirada fanática de quienes ven la realidad a través del prisma de sus propios intereses partidarios, la sociedad reaccionó rechazando la medida. No por Vicentín, menos por los manejos censurables de sus directivos, ni siquiera por simple acción opositora: a la gente no le gusta que el estado avance sobre el capital privado y se pregunta además como es posible que a alguien se le ocurra gastar miles de millones de pesos en una empresa en un momento en el que la sociedad se cae a pedazos por la imposibilidad de generar siquiera los ingresos mínimos para sostenerse.

Para acompañar la molestia social el juez del concurso de la empresa santafesina «le pinta la cara» al gobierno y frena el avance sobre el manejo de la compañía. «Señores, el directorio debe reasumir sus funciones y ustedes solo pueden ser veedores de lo que se resuelva». Se diría que ubicó a los enviados de Alberto en el lugar y rango de meros inspectores…

Los créditos prometidos a las empresas siguen sin aparecer y los bancos ya no ceden a las amenazas y aprietes del gobierno….

Desde el BCRA ya le informaron que se ha emitido un 50% de toda la base monetaria existente antes del inicio de la emergencia y que continuar en este ritmo lleva inexorablemente a un estallido inflacionario de consecuencias catastróficas…

Las proyecciones acerca de la caída de la actividad económica perforan el peor de los escenarios imaginados un mes atrás y todo indica que en los próximos meses no será una sociedad feliz y consumiendo aquella con la que deberá lidiar el gobierno.

Y el virus, ese maldito virus que le regaló al presidente un efímero escenario de lucimiento, avisa cada día que recién ha comenzado a moverse entre nosotros.

La tormenta perfecta. Esa que se devoró el sueño del «albertismo», que ya comienza a corroer las bases de su gobierno y aleja poco a poco a los potenciales aliados que hasta hace pocas semanas lo instaban a buscar un armado político propio, entusiasmados con los impactantes números de apoyo popular que despertaba la imagen presidencial.

Hoy, de la mano de las tensiones y los tropiezos, reaparecen los cultores de la Argentina épica que pretenden que aliándonos a proyectos políticos decadentes o agotados y dándole la espalda al mundo democrático vamos a salir de la encrucijada. Los fundamentalistas siempre tienen un argumento al alcance de la mano y los débiles suelen terminar aferrándose a ellos cuando creen que escalar la montaña por el lado más difícil no vale la pena…

Si hay en el presidente pasta de estadista deberá ponerla ahora en juego. Como Churchill tendrá que prometer «sangre, sudor y lágrimas» y esperar que la gente esté dispuesta a acompañarlo.  Claro que no tiene enfrente a un enemigo externo que amenaza con destruir a la Argentina sino un país que llegó a esta fragilidad por culpa de sus gobiernos –muchos de los cuales llevaron adelante personas que hoy comparten espacio con Alberto– y que no es parte, como aquella Inglaterra de la guerra, de ningún conglomerado por la libertad.

Más bien un país al que el mundo ya ha decidido hace mucho que no tiene sentido ayudar en su pertinaz caída, del que todos desconfían y que está dividido por una grieta que nadie hace nada por cerrar.

Muy pocos elementos para guarecerse del chubasco…