ALBERTO Y EL NUEVO LIDERAZGO

El presidente lucha con una Argentina en la que  «los expertos» siguen evaluando la realidad de acuerdo a viejos paradigmas.La crisis del coronavirus puede ayudarlo a construir un nuevo tipo de liderazgo. Que tiene y que le falta.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de lado una costumbre argentina que se mantiene intacta desde hace décadas: analizar la realidad con la mirada puesta sobre el presidente, sus decisiones, sus aciertos y sus errores.

El mundo enfrenta hoy una realidad distinta en la que las alianzas, la presencia de las minorías en las decisiones fundamentales y la necesidad de los consensos entre las partes surgen como el camino posible hacia el consenso que hace falta para administrar una globalización que pone el jaque el viejo criterio maniqueo del triunfo de las mayoría sobre las minorías sin importar el porcentaje que estas pudiesen representar. Por lo demás el voto ciudadano muta, se renueva, se rebela y recorre el espinel de partidos y candidatos sin demasiado anclaje ideológico.

La gente vota hoy una cosa, mañana otra y pasado…se verá.

Junto con este fenómeno es fácil detectar la desaparición del concepto de mayorías tal como le entendíamos hasta hace muy poco. Porque estas nuevas mayorías también mutan, se desarman y corren en busca de otro liderazgo que seguramente también será pasajero.

Ni la aparición de figuras fuertes, carismáticas y con capacidad de liderazgo -en Argentina encarnada en Cristina- sirve para modificar esta nueva realidad: la ex presidente concita en la sociedad un rechazo superior a la muy sólida cantidad de apoyo que recibe de un porcentaje de los argentinos.

Eso la convierte en jefa de una facción -numerosa pero facción en fin- y no en una líder nacional, lo que no le quita protagonismo y capacidad determinante pero no le permitió en su momento ir por el poder formal sabiendo que con el apoyo que tenía no era suficiente para lograrlo.

Alberto Fernández es hijo de esa realidad y trata de tejer, con paciencia y alguna dosis de maquiavélica «distracción», un entramado político que difumine las fronteras entre oficialismo y oposición que le permita construir una nueva mayoría, lejos de esa grieta que para algunos, como Macri o Cristina. representa la supervivencia, para otros un buen negocio y para la mayoría de los argentinos un obstáculo que ya cansa y al que no le encontramos otra razón de ser que la intención  mantenernos en una discusión tan vacía como eterna.

Sabe el presidente que en su cercanía existen muchos intereses para que este nuevo liderazgo no se consolide y que la tensión sea nuevamente el eje que aglutine a «nosotros» para derrotar a «ellos». Ese clásico que en nuestro país jugaron por primera vez Moreno y Saavedra y que tiene más ediciones que un Boca-River.

Habrá que acostumbrarse entonces a verlo cerca de líderes de la oposición como Horacio Rodriguez Larreta, con quien lo une también un interés estratégico: ambos necesitan fortalecer su poder partidario para avanzar el uno en su capacidad de maniobra en el gobierno y el otro en el armado de una opción de poder de cara al 2023. Ya se verá que pasa en el momento de la colisión -suponiendo que Alberto quiera, y lo dejen, ir por la reelección- pero ahora se necesitan mutuamente, comparten un estilo moderado y saben que en el otro radica parte de la propia fuerza. Ante la sociedad y ante los intemperantes…

La aceptación social a esta cercanía es demostrativa de que la Argentina comienza a construir un nuevo estilo de liderazgo, más cotidiano que épico.

El tiempo dirá si lo logra…