Aquella jornada que marcó a toda una generación

Por Adrián FreijoLa muerte de Perón fue un impacto par todos los que entendían que muchos equilibrios, que empezaban a romperse, dependían de la presencia de aquel hombre singular.

Al atardecer del 30 de junio de 1974 llegaba a Ezeiza precedente de La Habana. Pocas horas antes el propio Fidel Castro había comunicado a la embajada argentina que Perón se moría y que todos los argentinos que deseásemos volver al país deberíamos embarcar en el próximo vuelo, que salía a primera hora de aquel día, ya que el aeropuerto José Martí sería cerrado para impedir la llegada de nuevos aviones desde Argentina. «Aquello va a ser un verdadero lío y ya tengo bastantes problemas con algunos que están aquí» dijo el jefe de la Revolución. «Nadie sabe lo que puede pasar pero tengo información de que puede desatarse una verdadera cacería» agregó.

Tal vez por eso mi primer sorpresa fue llegar a un país en el que, más allá de los comunicados oficiales que daban cuenta de un agravamiento en la salud del presidente, nadie parecía conocer que el desenlace era inminente. Conversando con amigos esa misma noche, no podía conseguir que entendieran que la suerte del hombre que había construido el movimiento más formidable del siglo XX ya estaba echada; me insistían en que no era para tanto…

Por la mañana me reuní con Mario Amadeo, con quien compartíamos las oficinas de SADIPA, una pequeña empresa exportadora en la calle Sarmiento 348 de la capital, quien tenía información más ajustada y me confesó que en Olivos todo era nerviosismo y preparativos para algo grande que estaba por pasar. Apenas pasado el mediodía recibió un llamado desde la Nunciatura Apostólica -Amadeo integraba un selecto grupo de civiles en el mundo que funcionaba como consejo asesor del papa Paulo VI- en la que le confirmaban la peor noticia: Perón había muerto.

A las 14.05 Isabel Martínez de Perón habló al país por cadena nacional confirmando el fallecimiento de su esposo, fijando oficialmente como la hora del deceso las 13.15. Desde ese momento los acontecimientos se sucedieron, las internas dentro del gobierno quedaron en evidencia y el posterior mensaje por cadena nacional de José López Rega, algo tan inusual como intempestivo, dejó en claro que una nueva etapa se abría en el país.

La historia oficial no pudo sin embargo acallar mis dudas: ¿cómo sabía Fidel castro 36 horas antes que Perón se moría?, ¿por qué en Argentina nadie tenía noción de aquella situación ya irreversible?. ¿Sabía el líder cubano de aquellos movimientos internos que ya buscaban encaramar al Ministro de Bienestar Social y secretario privado del presidente como el nuevo dueño del poder?.

Sus temores por lo que podía ser una cacería humana de los adversarios internos y su decisión de no permitir el ingreso de argentinos a Cuba en aquellas horas parecen ser la respuesta a algunos de estos interrogantes.

Los días siguientes fueron de dolor y conmoción. En sus últimos meses de vida Perón había logrado un consenso general que lo llevó a sostener que sus adversarios habían comprendido mejor su mensaje que los propios peronistas.

Aquella última aparición del 12 de junio, un verdadero pasaporte a un final anunciado en un hombre afiebrado, con una incipiente neumonía y sometido a los rigores climáticos de la Plaza de Mayo, representó su último intento por lograr un ordenamiento de la propia tropa que hasta entonces se limitaba a vivarlo pero poco y nada hacía para ayudar a sacar adelante un proceso social y económicamente complicado que además tenía de telón de fondo una violencia inusual desatada por los grupos guerrilleros contra un gobierno que había asumido con el 62% de los votos.

Ya producido el golpe de 1976 me tocó recibir en mano una carta de Héctor J. Cámpora, asilado en la embajada de México en Argentina, dirigida a Mario Amadeo, que me había pedido pasar a buscarla para no quedar él expuesto ante las autoridades del Proceso,  y en la que tal vez está la respuesta de toda las cosas.

«Como puede alguien pensar que alguien que proviene del conservadorismo como yo y que ha dedicado su vida a servir a Perón pueda haber prohijado o defendido cualquier intento marxista» dice en uno de sus párrafos. «He sido víctima de quienes rodeaban al General y solo buscaban adueñarse del gobierno y desarmar al movimiento. Y para ello era imprescindible sacarme del medio» concluía, tras pedirle una gestión personal ante la Iglesia Argentina para tratar de aliviar su situación personal. Cámpora ya sufría las consecuencias de un cáncer que terminaría con su vida poco después.

La historia que siguió a la muerte de Perón es conocida por todos. Tal vez con más precisión de lo que lo son las horas previas a su partida, las gestiones diplomáticas y/o secretas para advertir aquellos hechos a los países del mundo y la visión que se tenía de lo que venía para la Argentina.

Algo que ni los hombres de buena voluntad -entre los que destacó con luz propia el líder radical Ricardo Balbín- ni un pueblo harto de la violencia y convencido de la necesidad de conseguir la unión nacional en torno al abrazo de sus dos principales figuras pudieron lograr.

Aquellas horas que desembocaron en un  impacto inolvidable y marcaron para siempre a una generación y a un país que cayó en manos de la violencia desbocada.