EL MODELO QUE LE IMPONEN A ALBERTO

El doble voto a favor de Venezuela y Nicaragua en la OEA tuvo el valor de sincerar a la Argentina ante el mundo y mostrar a un presidente que ya no decide sobre su gobierno y da señales de agotamiento.

 

El Frente de Todos -versión post moderna de un peronismo momificado- supone un rejunte de viejos progres y progres en proceso de envejecimiento. Los primeros añoran una década que quedó atrás hace medio siglo y los otros se regodean reivindicando un modelo que abandona a pasos agigantados el escenario mundial. Unos y otros condenan al país a su marginal papel de caricatura en un mundo en el que hasta naciones pequeñas y otrora marginales pugnan por insertarse entre las naciones que, nos guste o no, serán las que marquen el paso del S. XXI.

Tan desactualizadas como la visión kirchnerista del mundo -y tan voluntarista como el grupúsculo que con escasa representación se apropia a los empujones de la realidad argentina- Nicaragua y Venezuela son tardías expresiones de aquellas dictaduras de los 50, 60 y 70 que convirtieron a América latina en merecedora del triste mote de «continente bananero» que alimentó comedias, tragedias y expresiones poéticas de esas que siempre se reservan a las causas perdidas o extravagantes.

Como ocurriese con la Cuba de la revolución castrista ambos país sueñan hoy con alguna potencia que las colonice y les permita seguir jugando a la dialéctica anti norteamericana a cambio de un enclave estratégico en el subcontinente, la apropiación de las riquezas naturales y sobre todo la garantía de la perpetuación en el poder de sus demenciales líderes. Maduro y Ortega saben que su permanencia, rechazada por amplias mayorías populares y cuestionada por las fuerzas militares de sus países, solo será posible si Rusia y China -o ambas en una sociedad de conveniencia si de cerrar el paso a las pretensiones iraníes se trata- se asientan en sus países y se convierten en amos y señores, como la vieja Unión Soviética hiciese del país de Fidel Castro, al módico precio de sostener por décadas a un régimen que mantenga a la nación en el atraso y el miedo.

Este escenario logró que hoy Raúl Castro se convierta en un insistente asesor «ad hoc» del presidente argentino, por orden y mandato de la propia Cristina. La misma mano que mece la cuna en la que se acostó a descansar Evo Morales, empujado por el poder argentino a un Olimpo que, entre otras cosas, nos hace perder la chance de ser los moderadores de una lucha por el poder que necesariamente viene en Bolivia. Luis Arce sabe que necesita apoyo financiero externo y, en sentido contrario a la ruidosa vocinglería anti sistema de La Cámpora & Cía, no está dispuesto a quemar esas urgencias en cuestiones ideológicas. Algo que jamás podrá entender Cristina, acostumbrada a convertir la realidad en relato y las causas perdidas en culpables y pretextos.

Alberto Fernández no soñaba para su gobierno estos alineamientos. Tal vez esperando un triunfo de Joe Biden en las elecciones norteamericanas el presidente estrechó sus lazos con dirigentes progresistas del mundo como el francés Emmanuel Macrón y se dispuso a oscilar entre los organismos tradicionales del multilateralismo y los nuevos escenarios de un progresismo moderado que desde México pergeñaba López Obrador, siempre dispuesto a no traspasar el límite del enojo del gigante vecino.

Pero ni el galo ni el azteca tienen que lidiar con una jefatura autoritaria y abarcadora del todo como debe hacerlo el solitario presidente argentino. No padecen una Cristina mexicana y mucho menos una francesa que remedando aquello del «el estado soy yo» del Rey Sol se arrogue el derecho a fijar la agenda del país a su imagen y semejanza.

Y con parámetros dramáticamente claros: «hacia adentro lo que me convenga y hacia afuera lo que sirva para seguir alimentando mi imagen de revolucionaria progresista que lucha por la liberación de los pueblos». Una imaginativa manera de esconder su pasión por la riqueza, el desprecio por la promoción social y la necesidad de mantener un porcentaje inmodificable de miseria que sirva para manipular el escenario electoral de la Argentina.

Y ahí lo mandan al presidente -y con él al gobierno y al país- a una doble abstención que favorece a las dos dictaduras y pone a la Argentina en el triste papel de una nación que no apoya el simple pedido de que haya elecciones libres en las dos golpeadas naciones. ¿Se puede estar en contra de la necesidad de resolver en las urnas la voluntad de una sociedad si no se adhiere a un iluminismo autoritario que entiende que el camino hacia el poder es el silencio de los pueblos?.

Pues bien…en ese bochornoso lugar decidió Argentina pararse frente al mundo. Y es un modelo, que puede gustarnos o producirnos rechazo, pero significa dejar en claro quienes somos -al menos desde lo político- y donde queremos estar.

Es de esperar que después de semejante definición no caigamos en la vieja costumbre de interpretar el desprecio del mundo desarrollado, que llegará inexorablemente, deviene de alguna perversión anti argentina o de una campaña del imperialismo. Nos tratarán como nosotros estamos pidiendo que nos traten; si somos Venezuela y Nicaragua compartiremos con ellas la visión que el 90% del planeta tiene de ellos.

Pero la rúbrica del apoyo a ambas dictaduras trajo consigo una consecuencia tanto o más importante para el futuro argentino: Alberto Fernández firmó su propio epitafio político al desechar en forma definitiva lo que parecía una intención de llevar al país por el camino de la moderación. Si aquello fue un deseo, un plan o una impostura ya no tiene valor alguno frente al peso de los hechos. Somos lo que sostenemos en los organismos internacionales y el mundo nos verá y tratará como le pedimos que lo haga.

Aunque el país necesite inversiones, se sostenga con su comercio internacional y nada pueda hacer si con anterioridad no resuelve el largo problema de su deuda de forma tal que se le permita, no más allá de lo formal por ahora, volver al mercado de capitales. Ese que hoy no puede sostener Venezuela -ni siquiera a las tasas usurarias a los que nos prestaba «el compañero» Chávez- y que solo se dispone a atender China a cambio de cesiones de territorio, energía y soberanía. Eso si…en nombre del antiimperialismo.

Y lo más grave de esta estudiantina ajada y enmohecida de la revolución que nadie persigue y a la que todos ven como una antigualla solo útil par perder el poco tiempo que nos queda antes de chocar con el siglo XXI, es que ni siquiera alguien nos informa cual es el objetivo que se persigue con estas decisiones.

Porque escondidas tras los viejos apotegmas setentistas están la improvisación, la falta de planes concretos y una carencia de ideas y de diagnóstico que asusta y preanuncia momentos tan dramáticos como cercanos.

Los que suelen vivir las sociedades cuyos dirigentes imaginan la realidad, viven mirándose el ombligo, y rechazan lo obvio para entregarse a la ensoñación de la ideología. En un tiempo y un mundo que ni puede ni quiere esperar a nadie…

Algo que durante un corto tiempo pareció ser la intención de un presidente que ahora ha elegido -o ha aceptado- que su papel es el de ser vocero de los delirios ajenos, aunque ello le represente rifar su futuro personal y el del país a la espera de que sus propios captores lo empujen al olvido culpándolo de todos los males que ellos supieron generar.