Argentina y el FMI: nadie puede mirar para el costado distraídamente

Por Adrián FreijoTanto el organismo como nuestro país vienen bailando una danza de errores e irresponsabilidades que terminará en tragedia. Y la relación de fuerzas no parece equitativa.

 

El FMI entregó al gobierno de Mauricio Macri una cantidad de dinero que la Argentina no esta en condiciones de tomar y mucho menos de pagar.

La intención de ayudar a que el peronismo no regresase al poder nada tiene que ver con los principios y políticas que en todas sus disparatadas variantes ha sostenido el justicialismo desde 1975 en adelante, ya que el Fondo negocia con regímenes mucho más duros e irrespetuosos de las reglas internacionales que el que puede encarnar la principal fuerza vernácula, sino con el claro objetivo de que quien quedara fuera de carrera fuese el kirchnerismo.

Desde Washington preveían una nueva serie de incumplimientos, pretextos, aprietes y sobre todo una mano extendida para pedir ayuda y la otra fuertemente apretada con los enemigos del orden mundial capitalista. Ese desparpajo político de suplicar dólares bondadosos y sostener dictaduras populistas -al que en la última década se sumó la costumbre de favorecer a China y Rusia en todos los negocios que hoy al mundo le importan- era demasiado como para no intentar evitar que la pésima gestión de Juntos para el Cambio en materia económica unida a la nada total en política no tuviese, al menos, una segunda chance de barajar y dar de nuevo.

El apuro, la impericia y la falta de inteligencia política de las partes abonaron el fracaso de la intentona: llegó el dinero y, como nadie fijó pautas para que su destino fuese empujar una ola de crecimiento que cambiara la sensación generalizada de deterioro social, así como entró se fue en operaciones financieras poco claras y sin control de las que se conocen como «fuga de divisas al exterior».

El remedio fue peor que la enfermedad y representó el suicidio de la Argentina y de toda la cúpula del FMI que fue eyectada de su conducción y reemplazada por una pléyade de duros y técnicos a los que en sus cabezas solo le caben dos axiomas innegociables «las deudas se pagan y dos más dos son cuatro».

Y hoy nos acercamos a aquellos viejos fantasmas que asolaron al país en tiempos de Cristina: un posible default teñido de épica liberadoras, bonos argentinos comprados a precio vil por aquellos a los que hemos bautizado con el patriótico mote de de «fondos buitres» y no son otra cosa que grupos de inversión absolutamente legales que se mueven a la sombra de los bancos internacionales de la misma forma que las inversoras y financieras privadas lo hacen en nuestro país para captar a un púbico que por volumen, angurria o posición bancaria no pueden acceder fácilmente al mundo financiero de primer nivel, pero que son parte de un sistema, perverso y abusivo, para el que tenemos menos remilgos y pruritos a la hora de correr a pedirle ese dinero que nos permita seguir con la eterna fiesta de gastar menos de lo que ganamos, cambiar asistencialismo por producción y sostener una clase política parasitaria que en los últimos veinte años se ha multiplicado en seudo dirigentes sociales, centenares de organismo estatales de una inutilidad tragicómica y el insólito descubrimiento de que los impuestos del trabajo y la producción argentinos ya no deben ser utilizados en el desarrollo, la educación, la salud y la seguridad sino en sostener diversidades de todo tipo, organismos políticos monocolores, asociaciones de presidiarios y decenas de lindezas como las citadas.

El Fondo dice: presenten un plan económico sustentable y paguen.

Argentina contesta: o lo hacemos en las condiciones que nosotros queremos o quedará en evidencia que ustedes actuaron con imprudencia en el manejo del dinero que debían administrar.

Desde Washington replican: miren que el tiempo se acaba, las cartas están sobre la mesa, y las consecuencias en materia de inflación y crisis terminal del estado pueden ser las más graves en toda la historia del país.

El gobierno de Alberto Fernández se envalentona afirmando que «Joe Biden y el Departamento del Tesoro de los EEUU nos apoyan».

La Casa Blanca, no muy afecta a hablar por hablar cuando de estos temas se trata, se limita a sostener que «deseamos un acuerdo pero Argentina deberá presentar un plan sustentable. No nos metemos». Algo que dista mucho de representar ese apoyo del que Alberto Fernández y su inepto canciller Santiago Cafiero siguen siguen presumiendo mientras Martín Guzmán busca esconderse tras las faldas de Cristina, aferrarse a su relato y tratar de disimular la suma incontable de errores y torpezas que supo llevar adelante durante su desvaída gestión.

Por eso, para terminar con los absurdos debates de la grieta, ya es tiempo de asumir que esa Argentina, encarnada en Macri y sus raros negocios financieros y el kirchnerismo que se jactaba de haber cancelado la deuda externa cuando en realidad la había convertido en interna en base a dejar al BCRA sin reservas, apropiarse del los encajes del Banco Nación y utilizar a la ANSES como caja de financiamiento, fundieron al país y lo condenaron a una situación morosa que uno no quiere reconocer y el otro no quiere pagar.

Porque ni el ingreso de los miles de millones de dólares que el Fondo entregó graciosamente al gobierno de Juntos por el Cambio ni la oda al no pago que gusta recitar el kirchnerismo se vieron reflejados en un solo ítem que hable del desarrollo argentino y el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes.

Con una diferencia: allá en Washington todo se limita a cambiar una conducción monetaria que ha resultado ineficiente, pero aquí en Argentina estos años de disparates en nombre de la grieta han representado la caída de millones de personas en el horror de la pobreza y la desesperanza.

Pavada de diferencia…¿no?.