Arroyo literario: entre El Otoño del Patriarca y el plagio al Nunca Más

Por Adrián FreijoDurante horas el intendente se erigió en el dictador de la obra de García Márquez. Deliró y embistió contra inexistentes enemigos. Al final se imaginó un Sábato irredento.

«El otoño del patriarca» esa frenética obra de Gabriel García Márquez en la que un decadente dictador llamado Zacarías divide sus delirios entre su madre, su mujer y su joven amante que ni siquiera llegan a tomar nota del enfermizo amor del déspota. Porque si algo caracteriza al Patriarca es su imposibilidad para lograr que alguien a su alrededor entienda que es lo que pretende de la vida.

Su otoño es, en definitiva, la agobiante soledad del quien cree decidir y no es tomado en cuenta….

Esa es la imagen que hoy, en la soledad de un proscenio al que no atendían propios ni extraños, supo comunicar Carlos Fernando Arroyo hablando de cosas que solo en su imaginación adquirían alguna importancia. Datos inciertos, obras ajenas de las que pretendía apropiarse, enemigos ocultos que ya no despiertan ni siquiera el  morboso interés de imaginar de quienes se trata y proyecciones alocadas de un futuro pletórico de obras inciertas y poderes inasibles.

Alguien le hizo creer al Zacarías lugareño que una larga perorata podía sedimentar en solidez de ideas. Vano intento…pobre proyecto.

A medida que avanzaba la tediosa enumeración de imaginados logros hasta los propios comenzaron a huir despavoridos del ajado recinto. Primero fue Gustavo Blanco, el Secretario de Salud, luego el propio Hernán Mourelle -quien estratégicamente se había acomodado en el fondo del lugar- y alternativamente sus concejales y demás funcionarios que se turnaban por escapar de ese escenario que pretendía representar un drama épico y ni siquiera llegaba a redondear un sainete de buena estirpe criolla.

Algunos tomaban mate, otros padecían súbitos ataques de claustrofobia y escapaban al balcón, los más padecían recurrentes cistitis que los eyectaban hacia los pasillos y la mayoría cruzaba miradas y sonrisas irónicas que transmitían una pregunta hecha  mensaje unívoco e inequívoco: ¿esto es en serio?.

Fuera del recinto Emiliano Giri miraba para todos lados con la cara propia de quien no sabe si fue invitado, está colado o es el dueño de la fiesta. Sabía que adentro sobraba y afuera…también. Ello no obstó para que garabateara un papel que hizo llegar al expositor y en el que le «recordaba» que no olvidara decir que él y solo él había salvado a la ciudad de la avaricia de quienes se sentían sus dueños.

Pero el Patriarca ya estaba lanzado en su otoño febril. Enumeraba obras que otros hicieron y asumía como propias, se erigía en un Jorge Newbery redivivo capaz de habilitar rutas aéreas desde y hacia todo el país, ordenaba sobre el mapa extendido en su inagotable imaginación todo un ejército de policías a quienes guiaba en el combate contra el narcotráfico, el crimen organizado y las mafias lugareñas y ostentaba números y cuentas que vaya a saber en que libraco del reino le hicieron creer que eran verdaderas y se jactaba de victorias clamorosas contra poderes ocultos y enemigos poderosos. Hasta logró introducir su amado arcaísmo de «cipayos» para hablar de los periodistas «pagos». Justo él, especialista en desviar fondos públicos para sostener escribas que se dedican a cantar loas a sus epopeyas de cuño caribeño.

Y cuando ya nadie esperaba un vale cuatro a delirios semejantes, el hombre demostró que con él todo exceso es aún posible. Convencido de tocar los umbrales de la gloria al influjo de su prosa tonante, resolvió cerrar su larga exposición al conjuro de una frase santa para los argentinos que en sus labios e historia podría ser tomada como burla, pero ya no pasa los umbrales del ridículo: él, el candidato de Seineldín, de Aldo Rico y de Patti bramó la despedida al grito de aquel Nunca Más que signó la historia de un país lacerado por el autoritarismo.

Un país que padeció a los fundamentalistas, los mentirosos y los falsos cruzados; un país de guerras inexistentes y enemigos inventados. Un país de patriarcas decadentes…que aún en su decrepitud siguen creyendo haber hecho lo correcto.

Como el que hoy llegó a contarnos una verdad que solo él alcanza a percibir.