Arroyo se va dejando en claro que nunca entendió nada

Por Adrián FreijoEl intendente deja su despacho en medio de declaraciones desopilantes, absurdas y demostrativas de su pérdida de contacto con la realidad. Sería triste, de no ser obsceno.

A horas de dejar de ser intendente, Carlos Arroyo aseguró que gobernar el partido de General Pueyrredon “ha sido una experiencia tremendamente difícil estos cuatro años” y anticipó que a partir de este mismo miércoles volverá a dictar clases de Economía e Historia en la Escuela Media N° 2 de la ciudad. Claro que para hacerlo deberá mediar una resolución del gobierno de la provincia para adelantar el inicio del ciclo lectivo -hoy en receso vacacional- a los efectos de evitarle al singular personaje el tedio de dar clases ante un aula vacía.

Arroyo concurrió esta mañana al Concejo Deliberante para acompañar la entrega de medalla a los concejales salientes y asistir a la sesión preparatoria en la que asumirán los 12 concejales electos el pasado 27 de octubre.

“Me arrepiento de no haber podido concluir el tema de los perros, en fin, había un montón de cosas”, expresó. La cantidad de ataques caninos y mordeduras que por estos meses han acontecido en la ciudad hablan a las claras del disgusto perruno por la promesa incumplida. Esa parte del original plan secreto…quedará para otra ocasión.

Asimismo, volvió a responsabilizar a los medios de comunicación por el fracaso de su gobierno y aseguró lamentar “no haber terminado una lucha contra una parte de la prensa que es canalla”. Tal vez el silencio frente a una ciudad destruida, la omisión de sus comentarios disparatados, la indiferencia frente a las eternas peleas con inasibles enemigos surgidos de su frondosa imaginación, el mirar para el costado frente al festival nepótico de ascensos y designaciones de cuanto familiar aparecía en el horizonte, el ocultamiento de cuestiones que avergonzaban como el festejo y conferencia de prensa ante una donación de cuarenta pitos o la bambolla por 20 bróccolis recolectados en su esfuerzo hortícola -al que no dudó en calificar «como el hecho más trascendente en la historia de mar del Plata y un hito que va a terminar con el hambre»-, acompañar su destrato a maestros y empleados muncipales con instrumentos al margen de la ley o hacer caso omiso a un intendente que trata de «animales» a la gbernadora provincial y al presidente del país, hubiesen sido síntomas de una prensa madura y responsable. O tal vez todos los medios debieron arrancar de las exhaustas arcas municipales los obscenos estipendios que si cobraron los pocos que cantaron loas a la nada a cambio de semejante privilegio…

Se fue como llegó: entre disparates, mentiras y muestras de soberbia, el hombre de la triste figura que nos avergonzó y divirtió por igual, vuelve al llano rechazado por los ciudadanos, y negándose a una realidad que lo ubica entre los paradigmas de la sinrazón lugareña.

Tal vez un piadoso manto de olvido sea lo mejor que cada uno de nosostros pueda tender a su encapotado paso…