Arroyo y el final como metáfora de la desmesura

Por Adrián FreijoEn retirada, oteando el horizonte con la incómoda soledad de una cabra arriba de un árbol, el intendente y su gobierno añoran los tiempos en los que la metáfora cubría sus limitaciones.

La filosofía, en cuanto rama de las ciencias humanas que se ocupa más abstractamente del problema del saber y de su
uso en favor del individuo y de la sociedad, ha demostrado desde sus orígenes una honda preocupación por la
enigmática figura retórica de la metáfora. Aunque la complejidad de establecer en qué consiste haya llevado a muchos de sus supuestos cultores a depositarse, sin posibilidad de salida alguna, en el territorio de la desmesura.

Si la metáfora es importante para las ciencias aún es más importante en política donde el ejercicio de la imaginación va por delante de la acción política. Cualquier proyecto político de gobierno lleva en sí mismo una imagen metafórica de la realidad que pretende alcanzar. Toda ideología política, expresa un objetivo en imágenes, modelos y metáforas ideales.

Salvo, claro está, cuando de Carlos Fernando Arroyo se trata…

-El plan secreto y la desmesura al desnudo-

En la utopía la metáfora juega un doble papel; por un lado el funcionamiento imaginario de la justicia, el bien común, la libertad, hace que los acontecimientos políticos vayan progresando y la sociedad mejore, aunque quede demasiado claro cual es el camino práctico para lograrlo.

Así fue que, en su utopía plagada de una épica vacía de cualquier contenido o conocimiento, el intendente se presentó a la sociedad como poseedor de un plan secreto que debía seguir siéndolo ya que por sus bondades era pasible de ser robado por sus contendientes. Y la sociedad debía creer en él, apoyarlo con su voto e inmediatamente comenzar a recoger los beneficios de tanta buena idea que, además, sería implementada por un equipo al que antes de formar ya definía como «el mejor de los últimos cincuenta años».

En la utopía, la metáfora actúa como factor de cambio social; el anhelo de ascenso social y desarrollo comunitario ha conservado un halo metafórico y romántico que ha hecho que tras cualquier fracaso vuelva a aparecer la esperanza en que las cosas cambiarán. Por eso es que ocultar lo que se quiere hacer con la cosa pública entra en el terreno de la desmesura, aunque apostar a libro cerrado por quien eso nos propone nos ubica en el mismo escenario.

Todo lo que siguió a aquella «cita a ciegas con el destino» que ofreció Arroyo y sedujo a miles de marplatenses fue también una metáfora de la desmesura. Funcionarios que entraban y salían del poder sin tener tiempo siquiera de sacar la etiqueta de compra de sus flamantes trajes, discursos disparatados anunciando batallas y desembarcos en aguas enemigas que no aparecían en ningún mapa, ladridos de cuzco frenético a los poderes centrales para luego  subordinarse hasta la humillación pretendiendo que nada había pasado, visiones febriles de la historia y dantescas del presente que proponían una heroica marcha de la sociedad hacia un futuro libre de acechanzas y que en realidad se asemejaban a las imaginadas luchas del Quijote contra enemigos inasibles que solo existían en su imaginación.

Todo con el telón de fondo de una claque berreta y bien pagada que acompañaban la desmesura desde sombríos refugios que los ponían lejos del silbar de las balas, mientras el patético personaje gastaba su declinante crédito soñando que al final el pueblo lo levantaría en andas y los depositaría por siempre en el pináculo de la gloria.

Y no hubo pueblo, mi marcha, ni gloria. Ni siquiera la chance de una módica continuidad a través de terceros…

La metáfora se agotó en si misma, la desmesura trocó en soledad y la imagen final no fue la del mariscal victorioso sino la de una pobre cabra, acompañada por unos pocos cabrillos leales o bien pagos, subida a un árbol y oteando un horizonte que solo devuelve la imagen del desierto.

Y el plan secreto, sus autores e intérpretes, solo quedarán como recuerdo de un tiempo signado por la torpe utopía del inicio y la nostalgia febril del final.

Tal vez demasiado para tan poca envergadura…