Axel Kicillof y la simplificación de la ineptitud

Por Adrián FreijoEl proyecto del gobierno provincial de eliminar la cadena de comercialización de alimentos es la más clara muestra de lo que se hace cuando no se sabe que hacer.

 

No siempre lo filosóficamente correcto es lo aconsejable. En la comunidad organizada, parte de la evolución del hombre como ser gregario capaz de trazarse objetivos comunes, son muchos los puntos de encuentro y desencuentro que requieren de acuerdos, convenios, límites, controles y acciones conjuntas que en ocasiones serán selectivas y en otras de obligado cumplimiento. Y eso es, lisa y llanamente, aquello para lo que fue creado el estado.

Pretender extirpar por decreto o voluntarismo el entramado que la acción del estado genera para encontrar las reglas de juego imprescindibles para asegurar la convivencia sería entonces tan absurdo como elegir cuales de esas reglas cumplimos y cuales dejamos de lado porque no nos gustan o no nos convienen. Se trata de un todo, de un equilibrio de una cadena en la que cada eslabón une y a la vez fortalece la integridad del conjunto.

Axel Kicillof descubrió que vendiendo directamente del productor al consumidor el precio de los alimentos se abarataran. Vaya revelación…

Precisó que la iniciativa busca “reducir lo más posible la venta que generan las cadenas comerciales”. En una palabra destruir miles de puestos de trabajo, fundir cientos de miles de pequeñas y medianas empresas, dejar de recaudar impuestos para sostener la salud, la seguridad, la educación, terminar con el transporte de carga y condenar a la desaparición a empresas fabricantes y distribuidoras de insumos…que los productores de alimentos necesitan para sembrar, cosechar y transportar para así poder venderle en forma directa al consumidor.

El gobernador parece no entender que la función del estado no es entonces la de romper la cadena de comercialización sino la de dejar de apropiarse indebidamente del esfuerzo de quienes la integran: $64 de cada $100 que se producen en el país se los queda el estado en materia de impuestos.

En sus delirios estudiantiles el inventor de un cepo cambiario que condenó a la Argentina a cotizaciones ficticias que una década después no han podido ser resueltas y solo se acomodarán tras una nueva explosión como ocurrió cada vez que quisimos fijar artificialmente el precio de la mercadería más consumida en el país (el dólar), no atina siquiera a preguntarse porque su brillante idea de comerciar «de la tierra a la mesa» no es copiada ni siquiera en los países más agobiados por el estatismo, en los que es ese mismo estado quien domina la comercialización -siempre ineficazmente y plagado de corrupción- y en los que inevitablemente la hambruna y el desabastecimiento son actores protagónicos de la vida cotidiana.

De su torpe sinrazón da cuenta el hecho de montar todo un operativo propagandístico para anunciar su insólito plan y anunciar que este fin de semana el sistema funcionará en una feria ubicada en la estación ferroautomotora.

¿En serio cree el buen Axel que será suficiente para alimentar a 800.000 marplatenses y 400-000 turistas?…pareciera que la cola va a ser un poco larga.

Pregunta final: y si hacemos, al menos una vez, lo que hacen los países serios. Por ahí…