Boca, sin liderazgos y con más crisis que victorias a mostrar

Por Adrián Freijo – Boca volvió de Brasil humillado. ¿O simplemente renovó una humillación que lo acompaña desde hace tiempo?. Sin liderazgos y a expensas del descontrol actual, poco podrá hacer.

 

No fue Juan Ramón Riquelme la inyección de mística que se esperaba. Y seguramente quienes tenían depositadas sus expectativas en el genial jugador olvidaron con sugestiva facilidad que el enganche nunca se caracterizó por su capacidad de generar empatía en los grupos que integró y que carga sobre sus gloriosas espaldas haber dividido el vestuario de Boca y exportado su mirada maniquea a un Villareal al que pretendió sin éxito enfrentar con su técnico, el respetado Manuel Pellegrini.

El destrato al plantel -siempre concretado por ex jugadores que integran el llamado Consejo de Fútbol y que hasta el momento no ha podido resolver sin escándalo una sola renovación de contrato o el mínimo conflicto generado en un mundo profesional en el que existen realidades que Román y los suyos pretenden ignorar- y la notoria equivocación en la selección de refuerzos, ha sido hasta el momento una constante tan preocupante como la ilegitimidad de acceso al gobierno de la institución: todas las afirmaciones acerca de las irregularidades de la anterior gestiones culminaron en el sonoro papelón de un balance de cierre aprobado por aclamación y en el que se refleja una administración virtuosa que coloca a Boca en soledad en el podio de los clubes con sus finanzas superavitarias.

Idas y vueltas, versiones que llegan a la prensa desde el mismo núcleo primario que rodea a Riquelme, operaciones en contra de tal o cual jugador y que generalmente tienen a Carlos Tévez en la mira -como si a alguien le causase tirria el indestructible amor entre el capitán y el pueblo xeneixe- y esa constante sensación de que el propio Miguel Angel Russo cumple en esta etapa de su carrera el papel de mero gerente del la verdadera conducción, han terminado por proyectar una imagen deshilachada de un Boca sin línea de juego ni resto anímico,  a la espera de algún milagro y/o ayuda externa para cumplir sus objetivos.

Y claro, muchos jugadores que no parecen comprometidos con el juego, otros que no son tenidos en cuenta pese al clamor del pueblo boquense y un  técnico que a los diez minutos del segundo tiempo se desmorona en el banco, pierde la mirada en el infinito y muestra a las claras no tener respuesta ni capacidad de cambio para torcer la historia.

Casi como para preguntarnos si la displicencia  del equipo frente al Santos no se vincula a la tranquilidad de saber que ya era imposible reiterar lo que para los jugadores que visten la azul y oro se ha vuelto un verdadero karma: enfrentar a River en una instancia decisiva.

Boca tiene por delante una final con Banfield que adquiere singular importancia.

Presionado por un periodismo sin sustancia que felicitó a Gallardo por dar confianza a sus jugadores titulares después del papelón del 0-3 en el Monumental y que ahora exige a Russo apartar del equipo a la mitad de quienes saltaron a la cancha frente al Santos, el técnico no debería dudar en pararse frente a los suyos y decirles: «muchachos, yo no se si ustedes aman esta camiseta o están acá de paso hacia otros destinos. Pero sepan que de Brasil todos volvieron valiendo la mitad. Hoy los voy a mandar a la cancha y lo que estará en juego será el futuro de cada uno. Ganar este copa con Boca puede no ser tan importante…perderla se llevará puesta sus cotizaciones y los condenará a un futuro de cargadas y de desprecio de muchos argentinos. Piensen, en la camiseta o en la plata, y decidan».

Y después…barajar y dar de nuevo.

El Consejo de Fútbol, hoy enfrentado a todo el plantel, solo le garantiza a Boca más problemas hacia el futuro. Y Riquelme deberá asumir que eso que suele repetir como un latiguillo, pero que en realidad no siente, es la verdad: Boca está por arriba de él o de cualquier jugador en toda su historia.

El club necesita verdaderos liderazgos, dentro y fuera de la cancha…y hoy no los tiene.

Sin línea de juego, con un plantel que no cree ni en su técnico ni en la dirigencia y con una conducción difusa y oculta que nadie sabe hacia donde va y que pretende, el futuro no dependerá de la calidad de sus jugadores sino de un estado de ánimo que se quiebra día a día.

Y el margen entre la grandeza de la historia boquense y la mediocridad actual se vuelve cada día más difuso.

Cuidado…