CARTA ABIERTA A UN ARGENTINO QUE TRABAJA DE PAPA

Por Adrián FreijoSé que no podemos achicar la dimensión de Francisco a su condición de argentino. Desde su asunción es universal, casi un hombre sin nacionalidad. Pero sin embargo…

Querido Francisco:

Tengo en claro que su dimensión es universal; sé también que desde el 13 de marzo de 2013 usted dejó un poco de ser argentino para asumir una ciudadanía mundial que lo obliga a un compromiso con todos los hombres y mujeres del planeta por igual.

Pero también creo que en sus gestos, sus miradas y actitudes el compromiso con la tierra que lo vio nacer no ha disminuido ni un ápice. Si hasta soy de los que está convencido que su demora en volver al suelo natal está fundamentada en un compromiso muy profundo y personal con la necesidad de no agregar una astilla más a esta hoguera de divisiones que nos quema día a día y amenaza con convertir en cenizas lo que pueda quedar de esa unidad de sueños e intereses que alguna vez nos convirtió en nación.

Pero hoy pasamos por un momento muy especial, muy doloroso. A esa creciente división que nos enfrenta se suma la emergencia sanitaria que azota al mundo pero que, en nuestro caso, nos pone frente a la evidencia de nuestra debilidad, nuestra decadencia social y cultural y sobre todo a esa claudicación moral que alejó a los argentinos de la política como arte de la convivencia y de la confianza que debe existir entre gobernantes y gobernados.

Y ya no tiene sentido señalar culpas, designar a los responsables de que esto haya comenzado o sentarnos sobre el pretexto de que fue el otro quien originó todos los males. Por lo que fuese, o por quien fuese, somos pobres, estamos solos, tristes y llenos de odios y rencores que nos enfrentan.

En esta festividad de San Cayetano, ocasión en que cientos de miles de argentinos salen a las calles a pedir por paz, pan y trabajo y que hoy se ven privados hasta de esa demostración de fe de la que se sienten protagonistas, todo nos hace sentir una profunda soledad que en no pocos se expresa en la pregunta que nunca quisiésemos tener que hacernos: ¿dónde está Dios en esta hora de dolor?.

Y lo más cerca que tenemos a mano como la cara visible de Dios en la Tierra es usted, Francisco. Usted y esa Iglesia que viene golpeada, que nos desubica con sus silencios y que se empecina en no mostrar su cara virtuosa ante tantos escándalos que la afean, la vuelven frágil y la alejan de aquel camino rector que supo tener y para el que Jesús la constituyó para el mundo.

Por eso necesitamos su palabra…

Todos…pero especialmente los que en algún momento caímos en el error de juzgar sus actos con la mezquina mirada de la política partidaria y hoy estamos huérfanos de la palabra señera de la Iglesia y de su líder.

Los que en el dolor de esta hora tomamos nota de la dimensión superior de la fe y de la necesidad de recuperar la esperanza…

Los que hemos caído mil veces y nos hemos levantado otras tantas pero ahora vemos que el horizonte a enfrentar se vuelve cada vez más estrecho, doloroso y egoísta. Por que difícilmente el hombre salga mejor de un mundo empobrecido, en el que la riqueza se concentra cada vez más y la pobreza se reparte «democráticamente» entre millones que ni la pidieron ni la merecen.

Háblenos Su Santidad, póngase en el lugar del conductor de un rebaño que hoy camina a oscuras. Denos esa palabra que nos comprometa con la tarea de devolver a la Iglesia al lugar de liderazgo moral que hoy sentimos que se está perdiendo…

En la angustia del momento y la crisis puede amanecer la oportunidad de encontrar juntos la amalgama que los odios y la desesperación nos ha quitado.

Pero necesitamos su palabra, reclamamos su guía. Y aunque sea por un rato y por única vez…lo buscamos argentino, como el Jorge Bergoglio que supimos conocer y que nos dejaba un mensaje de cercanía que ahora aparece imprescindible.

Y créame…rezo por usted cada día.