¿Cómo salvamos de la contaminación al país aún rescatable?

Por Adrián FreijoCada vez que visitamos el interior del país nos damos cuenta de que existe “otra” Argentina distinta, educada y tranquila que estalla en mil pedazos al llegar a la gran ciudad.Estuvimos en Salta durante varios días; disfrutando no solo de sus paisajes y de su arquitectura colonial, tan cuidada y respetada como la higiene de sus calles y el trato de su gente.

Pudimos vivir esa cultura del turismo que hace a la cordialidad, al respeto, a la vocación de servir al visitante con la atención que se le brinda a una visita cuando se pretende que la misma tenga ganas de volver. Y cuando esto es así se convierte en una cultura popular que comparte el mozo, el taxista, el funcionario asignado a un lugar público, la policía, el empleado de un hotel…todos.

Hasta una multitudinaria marcha organizada con motivo de la conmemoración del 24 de marzo de 1976, aquella fecha dio inicio a un proceso que también afectó a aquella provincia en forma de detenidos y desaparecidos, transitó por horas por las calles principales de la capital salteña cantando sus consignas, pidiendo memoria, verdad y justicia pero sin agredir a nadie ni pretender esa rara mezcla del dolor de todos con los intereses políticos de alguno.

Y tal vez una de las características más notorias que sorprenden al visitante a poco de llegar está aquella -que un par de meses antes habíamos percibido en La Rioja- que indica que el salteño casi nunca habla de política o se queja por la realidad que tan notoriamente como en otros lados del país divide a la dirigencia de la sociedad. La gente trabaja, avanza en sus objetivos, comparte una intensa vida social que no conoce de diferencias, cuida su entorno y -ya lo demostró en las últimas elecciones- sabe avisar a su gobierno cuando no está de acuerdo con lo que pasa.

Da gusto estar en Salta, claro que da gusto. Es como un bálsamo de espiritualidad y paz en medio de tanta locura que padecemos en las grandes ciudades. Es recordar algo que no hace tanto era una constante en toda la Argentina y hoy se convierte en un “rara avis”: la cordialidad y el respeto como forma de vida.

¿Después?…llegar a Buenos Aires, encontrarnos con un taxista que se negaba a llevarnos porque el viaje no era lo suficientemente largo para lo que el consideraba querer ganar, pedir un café en un shopping a un señor que siendo el encargado de hacerlo estaba ocupado en otra cosa y no tenía intención de cumplir con su trabajo y caminar cinco cuadras cargados de valijas porque el servicio de transporte puerta a puerta que habíamos contratado para regresar a Mar del Plata no podía llegar por una manifestación antiaborto que impedía su paso.

Una manifestación plagada de personas de las que están habituadas a criticar a “los negros de mierda” que cortan las calles…

Hay dos argentinas, una que trata de sobreponerse a los tiempos duros del presente sin perder los valores comunes del pasado y otra que cree en el sálvese quien pueda y pretende arrasar con el semejante para descargar en él la frustración, la mediocridad y el odio.

Si una conclusión puede extraerse de esta nota es que vale la pena visitar la Argentina interior. Más allá de los monumentos y paisajes usted encontrará allí una lección de vida, un camino y porque no un objetivo que vale la pena intentar.

Y que tantos compatriotas del país real, con los mismos problemas y las mismas carencias que nosotros, no dicen día a día que no hay que abandonar.