COMPLICIDAD CRIMINAL

Lucía cerró sus ojos para que otros los abran. La última mirada del terror solo encontrará paz si los culpables van a la cárcel para siempre y los responsables pagan el precio por su complicidad.

«Acción u omisión», todo daño a terceros tendrá en estas variables a quienes sean culpables o responsables de lo ocurrido.

En la muerte de Lucía hay culpables. Desde los dos autores materiales identificados hasta ahora y el tercero en la escena del crimen cuyo nombre se sospecha pero su responsabilidad se desconoce.

Pero también lo son los policías involucrados en una zona liberada para la venta de drogas por la que cobraban una cantidad de $30.000 semanales. Lo que es una miseria para el delito en cuestión y mucho más para el daño que causó en la menor y el que padecen decenas de adolescentes que reciben día a día su garantía de muerte lenta.

Son responsables los otros efectivos, los que no están en el negocio, pero saben de las trapisondas de sus superiores y creen cumplir con utilizar las redes sociales para tibias denuncias sin chance probatoria. No serán culpables pero insistimos en que son responsables.

Es responsable el intendente Carlos Arroyo que vació el área de seguridad y lo convirtió en una caricaturesca prelatura personal en la que disfruta jugar al sheriff de la cuadra mientras la ciudad no tiene siquiera estadísticas serias de lo que ocurre en materia de inseguridad.

Es responsable  el Jefe de la Superintendencia Atlántica, comisario general Darío Torres, por su alarmante falta de control sobre el Destacamento Playa Serena, salvo que sea también parte de la cadena de corrupción descubierta en el lugar, lo que lo convertiría en culpable.

Es culpable el Crio. Gabriel Robledo, titular de la comisaría del lugar, quien de ninguna manera puede esgrimir con alguna seriedad que desconocía la relación entre varios de sus efectivos y el jefe de la organización dedicada a la venta de drogas al que el barrio entero señala como un individuo apodado «El Brasilero», en cuya vivienda suele verse móviles policiales cuyos ocupantes visitan habitualmente al personaje. Si Robledo logra demostrar que nada sabía, deberá ser inmediatamente apartado de la fuerza por inútil.

El destacamento de Playa Serena es una verdadera vergüenza que escandaliza a los vecinos del barrio. Arreglos, personal que cobra sin siquiera presentarse a trabajar, connivencia con el delito, zonas liberadas y todo a vista y paciencia de ciudadanos que ya no quieren callarse y se disponen a movilizarse para hacer oír su indignación.

Por todo ello sería bueno que además de caer sobre los culpables todo el peso de la ley, los responsables queden en descubierto y tengan que rendir cuenta de sus omisiones, distracciones y caprichos.

Para que de una vez por todas quede en claro que la impericia es también una forma de corrupción.