Contar la vida mirándola con el alma y la inocencia

RedacciónLucía Jáuregui tiene 11 años y ya sabe que es lo que quiere para el futuro: «ser maestra y escribir». Cruzarse con ella es ingresar a un mundo mágico en el que el talento y la fe marcan el rumbo.

Si a algo nos hemos acostumbrado los argentinos es a que se nos acerquen en la calle personas tratando de vender alguna cosa que les permita subsistir. Gente de todas las edades ha encontrado en esta actividad una forma de capear el temporal de una crisis que ya casi ni recordamos cuando empezó y de la que mucho dudamos pueda resolverse en el futuro.

Una pequeña escritora que comparte sus sueños y su obra

Tal vez por eso es que continuamos caminando, casi sin prestar atención, cuando una niña se acercó a nosotros en la costanera de Puerto Madryn para ofrecernos los que traía entre sus manos. Solo unos metros más adelante nos miramos sorprendidos, como quien con algunos segundos de retraso escucha lo que le habían dicho con anterioridad.

«Hola, estoy vendiendo cuentos que yo misma escribo. ¿Le interesaría leer uno?» nos había dicho Lucía Jáuregui, una niña de apenas 11 años que tiene la pasión por narrar lo que vive y lo que imagina para poder así comunicarse con los demás, algo que ocupa en su vida un nada habitual lugar en una edad en la que los chicos todavía disfrutan mucho más de recibir que de dar.

Junto a su hermano mayor Esteban, que la acompaña y la arropa en este sueño literario y comunicacional, Lucía Jáuregui nos abre un mundo luminoso en el que la fuerte presencia familiar, la convicción de que «nada es posible sin la ayuda de Dios» y una personalidad que sabe equilibrar la dulzura con la firmeza de sus convicciones dan marco al no muy común caso de una niña que ya sabe lo que quiere de la vida y se dispone día a día a transitar el camino elegido.

Lucía y su sapo Coquito, al que dedicó uno de sus cuentos

Entre sus brazos atesora decenas de sus cuentos, escritos con la frescura de su edad pero con la pluma madura de toda una escritora, que «son en algunos casos imaginados pero en muchos otros refieren a personajes y situaciones de mi vida», nos cuenta.

«La ballena Golfina», «Amanda y la ropa», «La flor multicolor», «Pablo y el autito de juguete», «El león sin dientes», «Coquito el sapo travieso», basado en las andanzas de una de sus mascotas verdaderas, y tantos otros, son los títulos que jalonan la incipiente trayectoria de un personaje entrañable, admirable y por cierto dotado de una sabiduría muy especial.

Pero Lucía no se queda solo en la narrativa, por apasionante y bien lograda que esta sea. Además de ilustrar sus cuentos la joven escritora opta por cerrar la mayoría de ellos con una moraleja que habla de su consolidado sentido de lo bueno y de lo malo.

«Hacer caso cuando te aconsejan», «Hay que cuidar las plantas y los animales» o «No te burles de las personas» son solo algunas de las enseñanzas que la pequeña busca dejar a quien tenga acceso a sus páginas.

Una experiencia inolvidable, una nena-escritora que da a todos una lección de vocación y decisión de salir al encuentro de sus sueños y un recuerdo que seguramente tomará valor con el tiempo, cuando frente a una escritora hecha y derecha -o tal vez una docente capaz de comprender en toda su magnitud la capacidad de formar a los chicos de entonces- podamos contar que una soleada tarde patagónica fuimos sorprendidos por un pequeño ángel que nos enseñó que a los sueños se les sale al paso actuando y no tan solo esperando.

Y que la vida, a veces, merece ser un cuento.