CONVERTIBILIDAD: ¿YA NO ES LA PALABRA MALDITA?

Aquella convertibilidad que terminó en un gran drama nacional debió su fracaso a cuestiones políticas miserables y a una extensión en el tiempo que la condenó al fracaso. ¿Podemos volver a hablar de ella?. Tal vez se el momento…

En un sistema monetario, la convertibilidad es la valoración que se fija de una moneda con respecto a otra o algún patrón como el oro o activos. En Argentina aún tenemos fresco el recuerdo de la instalada por Domingo Felipe Cavallo en 1989 que tenía como único fin poner freno a una inflación galopante que ya en tres ocasiones, en el lapso de dos años, había estallado en una híper que destrozó la economía nacional.

En estos tiempos en los que no son pocos quienes aconsejan la emisión de cuasi monedas es bueno recordar que por entonces varias provincias argentina, entre las que se encontraba La Rioja natal del por entonces presidente Carlos S. Menem, había disfrazado su eterno déficit y el costo social de la escalada de precios con artilugios semejantes. Y si bien el volumen de sus economías hacía que la incidencia sobre la política monetaria nacional fuese mínima la distorsión creada llegaba al 14% de la misma.

La explosión de la base monetaria en australes, la moneda creada por el fallido Plan Austral durante el mandato de Raúl Ricardo Alfonsín, y el nivel subterráneo de las reservas del BCRA al momento de asumir el riojano -tan solo U$S 52 millones disponibles, lo necesario para que el país funcionase un día y medio- habían obligado al nuevo gobierno a aceptar el Plan B.B (Bunge & Born) en una primera etapa y, ante su fracaso a implementar el Plan Bonex que tan solo sirvió en una primera etapa para apagar el incendio pero que, tal como lo esperaban los especialistas, fue de efímera duración.

En algunos casos, los países han optado por la conversión de sus monedas, ya sea porque ésta tiene un bajo valor o porque no les interesa la cantidad de moneda extranjera a la que transferir su divisa porque no realiza intercambios con el exterior o porque directamente no creen en el sistema monetario internacional (países socialistas). El caso argentino se encuadra claramente en la primera razón, aunque el intercambio comercial era en aquellos años muy bajo y la economía funcionaba como en un país socialista.

El único de los resultados positivos que puede recordarse fue el de frenar la hiperinflación: durante una década los precios se mantuvieron estables y los argentinos preferían atesorar pesos ya que, por primera vez en la historia moderna, el dólar dejó de ser atractivo para el ahorro o la inversión.

El comercio exterior estalló en importación de bienes de consumo, en su mayoría suntuarios y en pocos casos vinculados con la producción o la tecnificación industrial, y los precios relativos de los bienes exportables se convirtieron en excesivamente caros en el mercado internacional: enamorado de la estabilidad y la fiesta consumista el gobierno desoyó los consejos del propio Cavallo que proponía una canasta de monedas (dólar, yen, cruzado y marco alemán) que permitiese alguna flexibilidad en la convertibilidad y aumentara el margen de maniobra.

La conversión ayuda a determinar el valor de una moneda, así como posibles cambios en éstas ya sea mediante revalorización o depreciación, que las provoca el mercado, o por devaluación y revaluación dispuestas por la autoridad monetaria. Esto último buscaba Cavallo y a ello se opuso, buscando un escenario de fuerte consume de la clase media que asegurase su prohibida tercera reelección, un Carlos Menem que no vio el drama que se ceñía sobre su gobierno y el país.

Todo estalló en pedazos -cuando el creador del plan fue convocado por Fernando de la Rúa ya no había marcha atrás posible- y desde entonces la palabra convertibilidad pasó a integrar el «de eso no se habla» de la economía argentina. A lo sumo, tibiamente, algunos simplificaron el tema hablando de dolarización.

Sin embargo, y sabiendo cuales fueron las razones políticas y técnicas de aquel fracaso, tal vez sería esta la hora para que nos planteásemos algunos interrogantes sobre esta cuestión que, buenos es recordarlo, no es un plan económico en sí mismo sino un mecanismo técnico tendiente a nivelar la relación entre el circulante y las reservas monetarias y conseguir de esa forma la estabilidad de precios.

El escenario económico que viene es muy similar al que movió al gobierno de entonces a intentar por el camino de la convertibilidad. La inflación se encuentra en niveles peligrosos, las reservas no cubren l totalidad de los pesos emitidos, el mercado internacional ha sufrido un abrupto freno que arrastró los precios y tardará mucho en reactivarse y el frente de la deuda es tan inatabable como le era tras la salida del gobierno radical en 1988. No hay forma de resolver esto con una aspirina ni con medidas que por tibias serán insuficientes.

Conociendo los errores del pasado y tomando la decisión política de no repetirlos -por ejemplo protegiendo la industria nacional de alimentos y bienes de consumo y manteniendo, aún sabiendo que se trata de una medida antipática para algún sector de clase media, algún grado de restricción sobre el turismo hacia el exterior para evitar la vuelta del tiempo del «deme dos» que tanto afectó al mercado interno- es probable que una nueva convertibilidad sirva para ir fortaleciendo las reservas, retirando por etapas y en un proyecto no menor de cinco años el exceso de pesos emitidos en estos tiempos de emergencia y aplanando la curva inflacionaria sin necesidad de restringir una demanda saludable de bienes y servicios.

Tal vez valga la pena comenzar a discutirlo…