CRÓNICA DE UN TIEMPO AGOTADO

Hasta que no aparezca una opción política distinta la Argentina seguirá oscilando entre alternativas que han fracasado por décadas y que no saben o no quieren resolver el problema de fondo.

El peronismo no nació para acentuar la pobreza. Al menos no es lo que dice su doctrina y  lo que la gente ha percibido en sus principios de él.

En sus albores vino a plantarse contra un estado de injusticia social que solo siguen negando los que se benefician de una sociedad en la que la distribución del ingreso sigue poniendo la riqueza en manos de unos pocos o los que no entienden que del equilibrio entre el capital y el trabajo emerge la única posibilidad real de construir un tejido dinámico, inteligente y con verdadero futuro.

El culto a la personalidad, difícil de entender hoy pero habitual a la política de sus años fundacionales en todo el mundo, terminó construyendo un régimen que dividió a la Argentina y la llenó de odios y enfrentamientos. Pero ni los antiperonistas pueden seriamente echar la culpa de todos los males a Perón ni los peronistas a culpar a «los contreras» de la debacle nacional de las últimas décadas.

Los unos fueron protagonistas del fanatismo a favor de un líder y los otros hicieron girar sus pensamientos y acciones desde el fanatismo en contra de ese líder. Dos maneras contrapuestas para el mismo vicio del personalismo.

Cuando le tocó el turno de gobierno a los adversarios del peronismo -algo que durante muchos años no distinguió entre gobiernos democráticos y dictaduras- la constante fue la instalación de políticas presuntamente neoliberales que solo sirvieron para acentuar las desigualdades, la pobreza y la exclusión. Solo en el odio cerril hacia el justicialismo puede entenderse entonces que aquellos golpes militares o estos proyectos ideológicos de exclusión puedan ser tomados como alternativa para sacar adelante un país en permanente estado de desastre.

Desde el retorno de la democracia en 1983, con Raúl Alfonsín y su socialdemocracia, Fernando De la Rúa y su conservadorismo y Mauricio Macri y su pretendida modernidad, el antiperonismo ha gobernado durante doce años. ¿El resultado?..hiperinflaciones, endeudamiento, apropiación de depósitos y multiplicación de la pobreza.

Quedó para el peronismo la responsabilidad de conducir la nación durante 25 años, un cuarto de siglo. La década de Carlos Menem, sus relaciones carnales con el mundo capitalista, su té con la reina de Inglaterra, sus cohetes a Marte y la convertibilidad, los dos años de Eduardo Duhalde y su social cristianismo sostenido en los caciques del conurbano y «el aparato» social, los doce años de Néstor y Cristina Kirchner enfrentando a todo el que se pusiese adelante y pregonando una distribución de la riqueza que siempre quedaba para mejor ocasión. ¿El resultado?..hiperinflaciones, endeudamiento, apropiación de depósitos y multiplicación de la pobreza.

Solo el inmenso poder de las centrales empresarias, los sindicatos y los bancos sirvieron de marco de referencia a todos y cada uno de estos gobiernos. Y claro…la pobreza; lo único que creció sin freno alguno en una Argentina que se encamina peligrosamente a la marginalidad como estructura social predominante.

Nadie está en condiciones de tirar la primera piedra. Nadie puede señalar con el dedo acusador al otro. Todos tienen una cuota parte de responsabilidad en este drama nacional con inercia de caída libre.

A quienes nos han gobernado en estas últimas décadas solo los une un hilo conductor: la corrupción. Creciente, instalada, aceptada y hasta envidiada por un porcentaje peligroso de los ciudadanos.

Enquistada e impune, parece mejor asumirla e imitarla que combatirla. Y mientras los dos bandos se insultan, se descalifican, se acusan…y se protegen…millones de argentinos caen en el abismo de la miseria y/o temen pensar en el futuro que les espera. Ya probaron con todos y todos mintieron y estafaron su confianza.

Hace décadas el fundador del justicialismo insistía en que «el mayor capital que tenemos es el pueblo». A pocos metros suyos sus seguidores cantaban a los gritos aquello de «combatiendo al capital».

Parece que propios y extraños tomaron al pie de la letra la palabra del líder y los versos de la marcha.