(Redacción) – Lo ocurrido en Francia sintetiza la vieja lucha entre la libertad y el autoritarismo. ¿Existe un límite que el hombre libre no puede permitir que se supere?. Una encrucijada.
Desde el fondo de la historia el hombre libre ha enfrentado la violencia de los fanáticos. Desde las dictaduras como forma de gobierno hasta los desmanes que quien no cree en ningún derecho que no sea compartido por su propia forma de ver las cosas, la indefensión de los libres solo encontró en el transcurso del tiempo -que siempre debilita a la violencia- el aliado necesario para recuperar su eje.
Y los precios fueron invariablemente altos. Tan solo para ejemplificar, la era contemporánea nos devuelve las imágenes de los campos de concentración de la locura nazi, los gulag del stalinismo soviético, las depuraciones raciales, política y religiosas de Siria, Libia, Irán e Irak o las recurrentes dictaduras latinoamericanas que desde Cuba a la Argentina miden por miles los muertos en defensa de sus convicciones.
Y ahora el terrorismo; esta forma de guerra santa que en nombre de Dios asesina a mansalva a las personas sin detenerse siquiera en el mínimo esfuerzo de identificar su pensamiento, su fe o su posición ante la vida. Un terrorismo que se limita a matar por matar, pretendiendo de esa forma atacar «al gran Satán» que no es otro que el occidente libre.
En el delirante nombre de Alá, la humanidad no musulmana se encuentra indefensa ante una maquinaria de horror que crece día a día con el simple expediente de penetrar uno de los peores vicios de la humanidad que ciertamente siempre estuvo entre nosotros: el fanatismo.
Si sociedades como la nuestra se encuentran hoy divididas y enfrentadas por el fanatismo político -todavía encajonado en principios básicos de convivencia, pero fanatismo al fin- ¿qué queda para un mundo que debe lidiar con un fundamentalismo que solo conoce la lógica del enemigo muerto al amparo de una supuesta Guerra Santa?.
¿Qué hacer?, ¿cómo enfrentar el problema sin caer en la misma simplificación de matar al distinto?.
La comunidad de los pueblos libres debe organizar rápidamente una contraofensiva en el marco de las leyes internacionales, que tenga la misma fortaleza y eficacia que aquella que arrasó con la maquinaria nazi en 1945 o la que 40 años después -de la mano de un férreo aislamiento económico, logró demoler el Muro de Berlín.
Esas respuestas colectivas, aunque muchas veces conlleven como efecto no deseado el sufrimiento momentáneo de los pueblos sojuzgados por el fundamentalismo, no puede ni debe demorarse un día más.
No queda margen ni espacio para la tibieza; el mundo está en peligro y detenernos hoy en cavilaciones principistas puede llevarnos mañana a tener que reaccionar con la misma violencia del enemigo para frenar el daño creciente.
Exigir de los países sospechados de colaborar con el terrorismo una clara definición en contra del sangriento método y medidas concretas, controladas por los organismos internacionales y efectivas para detenerlo se impone como una obligación de la inteligencia y de la realidad.
Identificar las zonas liberadas a las organizaciones criminales y atacarlas con todo el poder de fuego de occidente no será entonces un acto de agresión sino un rictus defensivo imprescindible.
Aislar económicamente a cualquier gobierno o régimen que colabore con la locura asesina de estos grupos no representará una injusticia del imperialismo sino una forma de avisar a los pueblos cuyos gobiernos se asocian al crimen que deberán resolver tal cuestión a riesgo de quedar apartados del mundo y sus oportunidades.
Unir, en resumen, toda la fuerza del mundo libre para enfrentar lo que ya no puede ser calificado de otra forma que no sea una guerra global.
Y las guerras suponen situaciones excepcionales que deben ser resueltas de manera excepcional.
Tan excepcional como sería quedarse de brazos cruzados esperando que las bestias entiendan el límite de la dignidad humana.
Algo que París nos recuerda hoy que es imposible.


