Cuando «defender la vida» se convierte en agravio al género humano

Por Adrián FreijoSe puede estar a favor o en contra de la legalización del aborto pero ninguna postura justifica convertirse en un violento que atropelle los derechos y la vida de un semejante.

En las últimas horas un incidente ocurrido en una unidad de transporte público nos pone de cara a la necesidad de reflexionar acerca de los límites que el disenso debe tener en una comunidad organizada y, por cierto, civilizada.

Una mujer fue golpeada por otra cuando ambas viajaban en colectivo por la zona del Casino: según denunció la víctima, el ataque se produjo tras una recriminación que la agresora le hizo por llevar colocado un barbijo de color verde y con inscripciones a favor de la campaña de despenalización del aborto.

“El grupo que iba con ella era de chicos que tenían 15 y 19 años”. “Me decían guarangadas, y que estaba bien que mataran a las feministas; me empezaron a pegar en al cabeza contra el asiento, me tiraron al piso y me patearon, intenté cubrirle pero no me daban respiro”, contó.

Pero más grave aún es el hecho de que ninguno de los pasajeros del micro movió un dedo para defender a la mujer de la salvaje agresión que estaba recibiendo. Tan solo el chofer atinó a acercarla hasta la comisaría más cercana para realizar la denuncia…

Cuesta creer que quienes actuaron con esa violencia irracional puedan presentarse a sí mismos como «pro vida». Y mucho más que cualquier persona de buena fe -y con algo de inteligencia- pueda aceptarles o creerles dicha definición.

La cuestión del aborto generó un largo debate, que excede en el tiempo estos últimos años que lo encontraron en el centro de la escena, y tiene que ver con miradas diferentes en temas tan delicados como la concepción del inicio de la vida, el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo y, aunque no deba ser tomado como una cuestión determinante, el principio religioso de muchas personas a las que este aspecto condiciona en su formación y su cotidianeidad.

Y ese debate fue zanjado por el congreso nacional, lo que nos coloca nuevamente frente  a la necesidad de respondernos a nosotros mismos una pregunta que solo admite respuesta por la positiva o por la negativa: ¿queremos vivir en democracia y aceptar las reglas y consecuencias que ello supone?.

A partir de la sanción de la ley, que así se integra al cuerpo normativo que rige la vida de los argentinos, cualquier exceso que se cometa para descalificar y/o impedir su cumplimiento se convierte en un delito. Más allá de los que puedan acompañar el agravio y que, en el caso que nos ocupa, serían el de agresión, lesiones y tal vez privación ilegítima de la libertad.

Caer en el exceso de pretender que se defiende la vida agrediendo a un semejante -máxime cuando esto se lleva a cabo en función de las ideas y posiciones filosóficas que la víctima defiende- es la negación misma de la civilización y termina por calificar la causa que se dice apoyar. No se puede ser «pro vida» y al mismo tiempo actuar como una patota criminal.

Aceptemos la ley, castiguemos las agresiones de cualquier tipo a un semejante, respetemos las diferencias, vivamos en el marco que impone el estado de derecho y, por favor, dejemos de actuar como energúmenos en defensa de valores que, cualquiera sea nuestra posición personal, nada tienen que ver con la violencia desatada.