«Decíamos ayer»: el tiempo que para Cristina no pasó

Por Adrián FreijoComo Fray Luis de León la ex presidente prefiere creer que los argentinos nunca la expulsaron del poder y que el triunfo de Alberto solo es la continuidad de su tiempo.

Desde 1569, Fray Luis de León participó en una comisión universitaria para debatir la reimpresión de la Biblia de Vatablo, una traducción de las Sagradas Escrituras realizada del hebreo, que derivó en un lucha entre órdenes religiosas, con  enfrentamientos personales, descalificaciones, insultos y alusiones de todo tipo a punto de culminar en un denuncia ante el Santo Oficio presentada contra Fray Luis de León y otros dos clérigos que acompañaban su postura. La denuncia culminó con el encarcelamiento de los frailes en las cárceles del Santo Oficio.

Al fin libre, se reintegró a la Universidad de Salamanca, que había guardado excesivo silencio durante el proceso, en una cátedra extraordinaria de Teología diseñada para que explicase teología escolástica. En este sentido, la tradición pone en sus labios la frase «decíamos ayer» al retomar su puesto lo que, aún discutible como hecho histórico, pone en evidencia un espíritu dispuesto a negar lo que reaalmente había ocurrido y quitar del tiempo y de la historia las consecuencias de ello.

Algo similar ocurre con Cristina Fernández de Kirchner por estos días, en los que queda en evidencia que para la ex presidente lo acontecido en los últimos cuatro años es una ulisión óptica,  que solo se trata de retomar las cosas tal cual quedaron el 9 de diciembre de 2015 y seguir adelante como si nada.

Así retornaron el cepo, el dólar turista, las retenciones al campo, la manipulación de la justicia -vergonzosamente proclive a dejarse manipular- los ataques a la prensa, el relato como justificación de todo y la adhesión a una supuesta América Latina revolucionaria que ya no tiene ni a Lula, ni a Correa, ni a Chávez, ni a Fidel, ni a Pepe Mujica ni a ninguno de aquellos con los que Cristina y los suyos compartían sueños, que poco a poco fueron convirtiéndose en ajada estudiantina, ante el avance inexorable de un cambio de tendencia en el mundo entero que hizo mella en el electorado de la región.

Algo que también ocurrió cuando esos pueblos posaron su mirada en la realidad y observaron que a sus líderes revolucionarios les iba en general mucho mejor que a ellos. Exasperantemente mejor, nos atreveríamos a sostener…

La primera semana de gobierno de Alberto no pudo ser más rica en ejemplos de lo que aquí sostenemos.

Volvió el enfrentamiento con el campo, al que se pretende hacer pagar el déficit público y las políticas de promoción social como si no fuese el estado el principal responsable de lo ocurrido.

Retornó la sobre tasa del 30% para el dólar consumido en el exterior, lo que unido a la medida anterior no solamente vuelve a alimentar el mercado negro sino que insiste en aislar al país y convertir a sus ciudadanos en parias dentro de un mundo que hace del turismo no solo una industria global sino un instrumento cultural del S XXI. Tal vez el más dinámico y eficiente que la historia reconozca hasta el presente…

Reinstaló la doble indemnización, lo que lejos de suponer un camino para preservar el empleo formal se convierte en automático candado a la posibilidad -ya de por sí remota en una economía en recesión- de generar más puestos de trabajo. Cuando la lógica indicaba la necesidad de flexibilizar la creación de nuevos empleos, el prejuicio ideológico nos lanza de una patada a la década del 50 que para el mundo  ya es parte de la prehistoria.

Para que el lector entienda de que hablamos cuando hablamos de política: si esta medida tuviese alguna lógica (que no la tiene) debería venir acompañada de un cierre de todas las importaciones que llegan de países con mano de obra barata, como el sudeste asiático, China y aún Brasil, para evitar que la industria nacional sea arrasada por la inviabilidad de sus costos internos.

Pero como se trata de una demagógica decisión de cuño populista, nada de esto ha sido tenido en cuenta. Con gritar bien fuerte aquello de «combatiendo al capital»…las cosas se arreglan solas.

Y todo llega de la mano de Cristina, con Alberto cacareando en un rincón mientras la dama pone los huevos en otro…

El país que amanece esta semana es el de la ex presidente. Nada tiene que ver con lo que el actual mandatario dijo en la campaña, en su discurso de apertura en el Congreso y en cuanta aparición pública ha tenido desde entonces. En ese aspecto todo parece indicar que Alberto Fernández vive una ficción, es un cínico o ciertamente se encuentra impotente para torcer siquiera una vez la mano de su vice.

Sea por lo que fuese, las reglas de juego ya están expuestas y lo que viene es «Cristina II» y no otra cosa…

Con todo lo que ello representa…