Del idealismo militante a la prostitución de la política

Por Adrián Freijo¿Qué fue de aquella fuerza militante de nuestra generación?, ¿qué pasó para que la política se convirtiese en la miseria de hoy?. El tiempo en la mirada de un protagonista.

Hace 47 años un país tan inestable en lo climático como tormentoso en lo político recibía a Juan Domingo Perón tras casi dos décadas de exilio. Quien llegaba había pasado desde 1955 por los más distintos estados de ánimo y su espíritu, pronto lo veríamos, había sufrido la mutación del ánimo, del tiempo y la experiencia.

Durante la primera parte de su tiempo español Perón intentó comenzar una vida de tranquilidad, lejos del fragor político de sus años de gobierno y de las inestabilidades de su paso por Paraguay, República Dominicana y Panamá. El hombre ya tenía sus años, su vida personal había cambiado con la llegada de su tercer esposa y el mundo parecía dejar atrás el tiempo de los liderazgos carismáticos y del estado protector. Una ola de capitalismo salvaje le daba marco a la Guerra Fría y el viejo general percibía que América Latina estaba encerrada entre las aventuras socialistas que terminaban en dictaduras y las dictaduras que la nueva tendencia utilizaba para implementar la explotación como método de producción y control.

Ya no había margen para el peronismo; ya no quedaba espacio para la Tercera Posición, más allá de plantarla como bandera para un tiempo que excedería sus esperanzas de vida.

Sin embargo aquí seguía caminando, sorda y quedamente, una marea peronista que sentía que su destino común era pelear por el retorno del líder, aunque las señales que llegaban desde Puerta de Hierro fuesen tan escasa como contradictorias.

A aquellos argentinos poco les importaba el aparente oportunismo que preferían ver como la consecuencia estratégica de una política pendular que El General utilizaba desde lo que para cada uno de ellos era un manejo magistral de la política. Para ellos el único objetivo era el retorno, y cuando este se produjese el propio Perón terminaría para siempre con los traidores y con las desviaciones doctrinarias dentro del movimiento.

En un contexto de opresión, que se volvía más notorio cuando desde aquí observábamos un mundo en ebullición en el que los hippies, el amor libre, el Mayo Francés o la Primavera de Praga nos mostraban una cara que comenzaba a cambiar el gesto para siempre, trabajar por el retorno del Perón se convirtió para muchos de nosotros en una condición de vida. No había diversión, estudio o actividad que estuviese por encima de aquella meta que dejaba de ser política para convertirse en vital.

¿Fanatismo?, ¿ingenuidad?…nada de eso. Perón representaba para nosotros un estándar de dignidad que un país sumido en grises dictaduras y miserias personales nos negaba. Ya no era tan solo el recuerdo de «los años peronistas» ni un gesto de rebeldía frente al gorilismo de nuestros padres; era mucho más que eso. Era la posibilidad de ser nosotros mismo, vencer a quienes usurpaban la voluntad y convertirnos en quienes cerrarían para siempre una parte siniestra de la historia argentina.

Era además la forma más sólida que teníamos para lograr la síntesis entre nuestra formación cristiana, que se daba de patadas con las jerarquías eclesiásticas, y las tendencias sociales de la época a las que nos negábamos a encorsetar en modelos forzadamente socialistas con los que muy pocos nos sentíamos identificados.

Aquella pelea que se avecinaba entre «la patria peronista» y «la patria socialista» era una corriente subterránea cuya capacidad de generar oleaje no vio con claridad ni siquiera el mismo Perón.

Tal vez por eso cometió el error de creer que con solo su presencia podría poner las cosas en orden; la cuestión tenía por cierto otra dimensión y ella se vería luego con el crecimiento electoral en el comicio que lo llevó a la tercera presidencia con respecto a la votación que consagró a Cámpora: cuando Perón se definió fueron muchos miles de argentinos los que dijeron «ahora sí».

Aquella jornada del 17 de noviembre de 1972 representó sin embargo un instante de emoción y felicidad que sirvió para acercar ánimos e ideas. Y también para relajarnos, felices, pensando en que lo peor del camino ya había sido recorrido; los días siguientes demostrarían cuan equivocados estábamos, pero eso ya es parte de otra historia.

Porque esta nota tenía la única intención de recordar a millones de compatriotas que creyeron en un liderazgo, que abrazaron una idea y que pelearon por el objetivo del regreso de su líder. Todos aquellos que a lo mejor supieron interpretar el nuevo espíritu que reinaba en el corazón de aquel hombre que se fue en medio de divisiones y retornó en busca de unidades.

Y al que no hubo tiempo de permitirle un objetivo que está ausente desde el fondo de nuestra historia.

Una historia que en esos tiempos nos encontró militando, luchando, soñando sin pedir nada a cambio. Un tiempo en el que la política se medía por objetivos y no por cargos ni negociados, por militancia y no por asistencialismo, por amor «a la Patria y a Perón» y no al botín que pudiese tocarnos como retribución al todo vale.

¿Qué perdimos?, es cierto; ¿qué hicimos casi todo mal?, también. Pero lo hicimos por sentimientos que hoy parecen estar ausentes de la vida política nacional y que nos empujaban no solo al sacrificio de la militancia sino a perfeccionarnos para estar en capacidad de saber, entender y obrar en consecuencia.

Lo hicimos por amor y lealtad, nada más y nada menos.

Lo hicimos por Perón…