DÍA DE LA HISPANIDAD

Es preventivo recordar la batalla liderada por Cristina contra la estatua del descubridor de América y lo que Perón pensaba al respecto del papel de España.

Es claro que el 12 de octubre ya no podía ser denominado «Día de la Raza». Cuestiones de historia y de respeto étnico habían vuelto a aquella denominación como un agravio y un sinsentido a la luz de los hechos reales.

Pero tal vez tampoco sea adecuado citar al acontecimiento como «Día de la Diversidad Cultural» ya que al hacerlo se comete una injusticia histórica con hombres como Fray Bartolomé de las Casas, Francisco de Miranda, Manuel Belgrano y más acá en el tiempo Azorín, Josep Pla, Ortega y Gasset, Gabriela Mistral, Antonio Machado y tantos otros que defendiendo la emancipación de los pueblos americanos rescataron el valor de la hispanidad como orígen cultural y amalgama del nuevo mundo.

¿Por qué no entonces definirlo como el «Día de la Hispanidad», no entendiendo esto como reivindicación de una conquista sino como proyección histórica de una idea que supo alumbrar al mundo cuando solo España pensaba en el valor del espíritu humano?

Durante su mandato Cristina Fernández emprendió una grotesca batalla contra estos conceptos -tal vez por esa mediocridad conceptual que siempre la empujó a confundir revolución con egocentrismo o aquella exageración que la acompañó hasta la desmesura sin darse cuenta que todo lo exagerado es insignificante- y la personalizó en la estatua de Cristóbal Colón que terminó convirtiendo una cuestión pretendidamente revisionista en un sainete de baja estofa.

La posible llegada de Alberto Fernández a la presidencia nos obliga a cuestionarnos acerca del retorno o no de aquellos fragores fundacionales que tanto excitaban a la ex mandataria. Y rogar al cielo que el nuevo ombligo del mediocre mundo político argentino se haya tomado al menos el trabajo de estudiar la opinión que sobre este tema tenía el fundador del movimiento al que dicen pertenecer o al que al menos utilizan como instrumento para llegar al poder.

En un discurso pronunciado en la Academia Argentina de Letras el 12 de octubre de 1947, Juan Domingo Perón exaltó a una Argentina «coheredera de la espiritualidad hispánica» que, «al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero», le oponía «la supremacía vivificante del espíritu».

El entonces presidente de la Nación veía en la cultura hispana un reservorio de energía espiritual en medio de «un mundo en crisis» y de una humanidad «acongojada».

«La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones», decía Perón.

Aquel discurso del 12 de octubre fue pronunciado en homenaje a Cervantes. Recordarlo, dijo Perón en la ocasión, «es reverenciar a la madre España, (…) afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna».

«Para nosotros –decía Perón-, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. (…) Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad».

En su discurso, el General también hizo una encendida defensa de la empresa colonizadora: «La obra civilizadora de España cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. (…) Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. (…) Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…»

Decía Perón: «Su empresa [la de España] fue desprestigiada por sus enemigos (…). Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos. Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyos asalariados y encumbradísimo s voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo [de] nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza».

Así de importante veía Perón a la hispanidad y así también la valoraban los padres de nuestra cultura que supieron adelantarse a la reivindicación que por estas horas el mundo hace de aquella fuerza moral irrefrenable que durante dos siglos fue sepultada por el materialismo expresado en cualquiera de sus tendencias.

Porque el ideal hispánico está en pie y no se superará mientras quede en el mundo un solo hombre que se sienta imperfecto y no omnipotente, aunque la omnipotencia sea fuerte expresión de la imperfección.