Discutir el aborto es discutir el dolor; hacerlo con la vida es alegría

Por Adrián Freijo – Reinstalado el debate sobre la despenalización del aborto, quienes sostienen la defensa de las dos vidas deberán entender que no pasa por la crispación ni el enojo. Comprender que la vida es alegría ayudará a no equivocarse.

Nada más inocuo que el onanismo intelectual. Agrupar personas que piensan lo mismo, para escuchar a otras que dicen lo mismo, no pasa de un ejercicio capaz de alimentar la mística aunque se trate de una práctica lejana al ejercicio de esa conciencia crítica capaz de atender posturas diferentes para luego, desde el debate, consolidar el pensamiento propio. Y conste el hincapié en la idea de consolidar, que nada tiene que ver con la de imponer. Salvo que aceptemos ser custodios del «si porque si» renunciando al ejercicio de la riqueza más maravillosa que como seres humanos poseemos y que es el libre albedrío.

Existen en nuestra sociedad millones de personas que defienden la práctica del aborto al solo arbitrio de la propia voluntad. Pero no todas lo hacen desde una posición única ni consideran que el tema tenga los mismos alcances ni las mismas incumbencias.

Las hay que desde el fanatismo consideran como enemigo a quien no comparte sus posturas; también aquellas que sostienen la defensa del aborto desde el escenario de los derechos individuales que consagran el de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo o las que creen que cualquier práctica religiosa es un límite a la libertad de pensamiento. Y muchas más, seguramente millones, que desde lo personal, lo ideológico o lo conceptual llegan a resolver que la práctica del aborto es más una cuestión sanitaria que moral.

¿Vamos a ignorarlas?, ¿vamos a estigmatizarlas?, ¿vamos a acallarlas?…¿vamos a encarcelarlas?.

La República Argentina tiene una Constitución, tiene leyes que reglamentan su ejercicio y es signataria de tratados internacionales que desde la reforma de 1994 tienen el mismo valor que la ley fundamental de la nación. Y ello obligaría a una reforma profunda de todo el basamento jurídico nacional para desconocer lo que hasta ahora es nuestra posición  normativa: la vida comienza en el instante mismo de la gestación. Pues bien, si la sociedad argentina resolviese otra cosa, deberemos iniciar el proceso de cambio institucional que no nos ponga al margen de nuestra propia legalidad.

Pero hoy la legalidad sostiene aquel principio sobre el inicio de la vida. Aunque en la Argentina existen tres corrientes para estudiar y abordar el tema del inicio de la vida para luego, desde esas premisas, discutir el aborto.

La primera es la corriente del ovocito pronucleado, que plantea que desde el momento que el núcleo del espermatozoide ingresa en el óvulo hay concepción. Esta corriente defiende la vida desde su estadio más temprano.

La segunda corriente, que puede considerarse intermedia, se llama singamia. Es la fusión de dos gametos para crear un nuevo individuo con un genoma derivado de ambos progenitores. Y plantea que la vida humana comienza cuando se fusionan las dos células, existiendo un sólo núcleo y formándose así el cigoto.

Y la tercera corriente que propone una mirada sobre la concepción más tardía es la anidación; que dice que existe concepción desde el día 14 y en un medio adecuado el cigoto se prenderá en la madre (anidará). Quienes postulan esta corriente dicen que lo anterior al día 14 deber ser considerado pre-embrión.

Es tan amplio el debate que el nuevo Código Civil y Comercial argentino articula de manera referencial con la Constitución Nacional y con los Tratados internacionales que tienen jerarquía constitucional.

Lo que establece la ley es que el derecho a la vida se protege desde la concepción. El debate irresuelto y que ahora se posiciona y amplifica es desde qué preciso momento se produce la misma.

Queda abierto un  tiempo que requiere de ideas, convicciones, sustentos científicos y sobre todo de aquello que construyó esa maravilla de la humanidad que se llama civilización: el deseo común de buscar la verdad como vía del desarrollo universal. Porque si el hombre es la máxima expresión de la creación, su felicidad y su crecimiento personal y social deben ser el  norte de todas nuestras preocupaciones.

Y si fuese el resultado de la evolución, del Bing Bang o de la llegada de platos voladores…también lo sería.

Quienes sostenemos una visión teísta del origen de las cosas, y por tanto creemos en la vida desde el momento de la gestación, tenemos demasiados motivos de gozo como para embarcarnos en una cruzada que intente imponer por la fuerza y con la crispación y el fundamentalismo como aliados la defensa de la dos vidas. Porque una ya sería motivo suficiente de felicidad y dos son la apoteosis de la alegría.

No estamos frente al enemigo infiel ni Dios nos pide martirio alguno. Nos encontramos con personas que piensan distinto y que, como nosotros, han quedado presas de la opción binaria «ganar-perder» que jamás juega a favor del equilibrio universal sino que se pone siempre al servicio de otros intereses mucho más mezquinos como el poder, el dinero o la demagogia.

Vayamos por tanto al debate con la mente abierta, la mano tendida y el corazón preparado para sobrellevar una prueba que, aceptémoslo, afrontan todos los seres humanos de buena fe que se paran en una u otra posición: que es la vida, cuando comienza y que derechos engendra.

Porque si estamos convencidos de que la razón nos asiste –cualquiera sea ella– debemos proceder con la seguridad que da calma y con la alegría que da ganas de compartir con el otro lo que pensamos. Y dejar para los cultores de la grieta eterna el ceño fruncido, el insulto fácil y la violencia que siempre esconde las dudas de quien no cree estar defendiendo lo correcto.

No es el aborto lo que está en discusión...es la vida.