Yrigoyen, la historia y las preguntas sin respuesta

RedacciónEn días en que el radicalismo y la sociedad discuten sobre el futuro del centenario partido, la palabra del ex presidente rescatan esencias olvidadas.

«Cuando se llega a un período de depravación y de decadencia, cuyas causas morales y políticas han sido ocasionadas por perversiones públicas, la corrupción como sistema no se sale de ellas, sino por una transformación de medios concordantes por los fines». Quien así hablaba era Don Hipólito Yrigoyen cuya reflexión forma parte del libro “Confidencias”, publicado por Eudeba, que contiene escritos que datan del período 1922-1924, cuando el ex presidente permanecía alejado del centro de la escena política para no adelantar lo que ya alumbraba como un fuerte enfrentamiento político con su sucesor y presidente en ejercicio Marcelo T. de Alvear quien intentaba desplazar al Peludo de su liderazgo y de alguna manera convertir al radicalismo en un partido liberal que dejara atrás su condición de movimiento popular.

Y como si los viejos debates radicales no se hubiesen agotado jamás, el ex presidente afirmaba que «si la esencia y la misión del Estado consiste en hacer justicia y procurar el bien de todos, si las instituciones políticas no son otra cosa que medios y garantías para la obtención de esos bienes, ¿quién puede desconocer que el “régimen” no fuera la negación de la esencia y de la misión misma del Estado?. Nunca jamás sistema alguno hizo más daño a la Nación que el “régimen” con sus desaciertos, su sensualismo, sus incapacidades y su brutal negación de las más primordiales garantías y derechos».

Un verdadero problema a resolver para los radicales de hoy: ¿encarna el «régimen» que descalifica Don Hipólito el gobierno actual que lejos ha estado de «procurar el bien de todos» o por el contrario se identifica con el último tramo de Cristina en el que destacaron «sus desaciertos, su sensualismo, sus incapacidades y su brutal negación de las más primordiales garantías y derechos»?.

Para asumir el pensamiento del anciano líder debemos recordar la pobreza extrema en la que vivía y en la que murió tras dos períodos al frente del país, interrumpido el último de ellos por el primer golpe de estado que padecimos aquel 6 de setiembre de 1930 cuando una turba exaltada de clase media y media alta irrumpió en su vivienda y se encontró con unos pocos y gastados enseres personales que denotaban la digna sobriedad de su propietario.

Aquel que refiriéndose a nosotros, los argentinos, supo sostener que «inteligente por definición, con una actitud de adaptabilidad indiscutible, con el cielo más claro del mundo, con una extensión de territorio tan feraz como dilatado, con hermosos puertos naturales, con productos de todas las zonas como su clima, con todos los bienes de la naturaleza, en fin, el pueblo argentino no puede caer en decadencia sino por la traición mil veces infame de sus gobiernos».

Y concluía que los gobernantes actuaban «de tal manera que era ya una modalidad de su misión ser servidores de ese mismo régimen y enemigos de los pueblos, que vivieron siempre en el desamparo y en la zozobra, por las perfidias y agresiones de todo orden y, en general, sin justicia para sus intereses ni resguardo de sus personas, de las cuales fueron enemigos recalcitrantes en vez de ofrecerles seguridades y garantías».

A la luz de los hechos de nuestro pasado reciente y observando la constante decadencia de la Argentina tras la recuperación democrática, jalonada además por una corrupción instalada cuando no consentida por gobernantes y gobernados, cabe preguntarnos de quien hablaría hoy Yrigoyen al referirse al régimen.

A quien le quepa el sayo, que se lo ponga…