EL ARTE DE ENGAÑAR

La política argentina se ha convertido en tierra de ficción. Mentir para llegar al poder, mentir para ejercerlo, mentir para eludir la acción de la justicia. El arte de engañar en una actividad que se vuelve ilícita.

 

Amado Boudou fue condenado en primera instancia, en apelación, en Casación y ahora en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Diez y seis jueces, de diferente origen técnico y político y con distintas miradas sobre el derecho y el poder concluyeron que el ex vicepresidente de la república intentó quedarse ilegalmente con la empresa Ciccone y de esa forma controlar el inmenso negocio de la emisión de moneda en un país que vive lanzando a la calle millones de billetes casi diariamente.

Comenzó a ser juzgado con Cristina en el poder, siguió luego con Mauricio Macri pisándoles los talones y culmina su derrotero judicial con el kirchnerismo otra vez en el gobierno, Alberto Fernández en el poder formal y su ex compañera de fórmula manejando los hilos del real.

Sin embargo desde el gobierno -y lo que es más grave desde los despachos de quienes encarnan el poder del estado- un corifeo de supuestos especialistas en derecho salen a hablar de persecución política, vicios jurídicos y anormalidades varias en tan apabullante y unánime decisión que, como si esto fuera poco, llevó un debate que duró nada menos que ocho años.

Y una vez más la mentira como instrumento de la acción política aparece en el centro de la escena de un país que ya no puede negar su raíz autoritaria y despreciativa de la verdad, que lo lleva una y otra vez a elegir para que lo gobierne a los cultores de la peor esencia de la «moral» comunicacional: «miente, miente…que algo quedará».

Y tras esa perversa decisión de instalar el gobierno de los peores -cualquiera sea el partido o el personaje que eventualmente elijamos, finos evasores o simples chorros de gallinas- encarama en la sociedad la violación de las normas, la utilización perversa de los mecanismos legales como forma de venganza y no de justicia y la aceptación de una parte de la ciudadanía de toda desviación y exceso que será bienvenido si cumple con el único requisito que hoy le pedimos a los hechos: que nos gusten y que convengan a nuestras convicciones.

Porque dudar de la culpabilidad de Boudoues algo que no deja de ser una estrategia de victimización de un sector político que no puede alejar de sus cercanías el riesgo de que la justicia condene al fin sus trapisondas, pero ayuda a esa duda el largo período de detención que sufrió el ahora condenado, sus entradas y salidas de la cárcel y los argumentos utilizados para ello y que supusieron un exceso y una violación grosera a sus derechos ciudadanos. 

Y el silencio de tantos frente a esa situación termina por habilitar las mentiras de otros, al momento de una condena que, en el enchastre de todo lo ocurrido, alimenta la absurda duda que no debería existir.

Insistimos…diez y seis jueces coincidieron en que Amado Boudou es culpable del delito por el que era investigado. ¿Qué más hace falta para consagrar su responsabilidad?.

Pero el arte de mentir ha calado tan hondo en la política argentina y ha logrado a la vez semejante dosis de impunidad que poco y nada importan las leyes y cualquier esbozo de seriedad interpretativa.

Nadie cree nada y por lo tanto cualquiera puede decir lo que se le antoje y, con un poco de inteligencia, convertirlo en realidad.

Por más evidencia que exista de que las cosas son diferentes…