El mundo vuelve a caer en la ensoñación de la extrema derecha

Por Adrián FreijoLas recientes elecciones españolas confirmaron el creciente giro a la derecha de la política mundial, algo que también se afirma en América y en nuestro país.

Pese al triunfo del PSOE y el acuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos que cuenta con el apoyo probable de 168 diputados asegura la posibilidad de un gobierno de coalisión, con una fragilidad de orígen que siembra dudas acerca de sus reales posibilidades de coexistencia, pero que no logra ocultar una realidad que preocupa a España y confirma una tendencia creciente que va tiñendo el mapa de la política europea del cuestionado color de la extrema derecha. Un fenómeno que además ya puso su pie en América Latina y que incluso ya se esconde entre los pliegues conservadores del gobierno de Donald Trump en los EEUU.

Pero…¿qué es lo que ocurre en un mundo que observa el avance de estas expresiones xenófobas sin atinar a cortar el paso a experiencias de triste recuerdo en la historia contemporánea?. ¿Es el fracaso de las democracias liberales?, ¿es la injusta distribución de la riqueza que ensancha cada vez más las diferencias entre pobres y ricos?, ¿o es una tendencia natural del hombre a buscar la protección de los sistemas autoritarios cuando la crisis golpea a su puerta?.

Los movimientos políticos de extrema derecha suelen nutrirse de la frustración social ante un deterioro en las condiciones de vida que es percibido como injusto e inexplicable, y frente al cual los partidos tradicionales no ofrecen respuesta. Su éxito se basa en la simplificación con  que identifican a los culpables de los problemas convirtiéndolos rápidamente en enemigos ante los cuales proponen soluciones fáciles y rápidas.

Apuntan siempre contra otros países, comunidades inmigrantes o culturalmente diferentes, y prometen un reencuentro con la identidad nacional perdida.

El nazismo es el más clásico y claro ejemplo de ello. La Alemania que sufría las restricciones impuestas por el Tratado de Versailles tras la Gran Guerra y que padecía además graves problemas económicos fue el terreno perfecto en el que Hitler cimentó su proyecto en la propagación del odio a los judíos y a todos los que amenazaban la pureza racial, y en la necesidad de restituir el orgullo nacional.

Y pese al Holocausto, a la locura y a los millones de muertos que aquella aventura diabólica dejó como legado, la semilla del nazismo parece volver a germinar -con otras formas y otros nombres- a la espera de una floración siniestra que ya puede olerse en el aire. Y que tiene también brotes en otras partes del mundo.

Puede no sorprender que esto ocurra en Hungría y Polonia —donde son gobierno—, o en Italia, Francia y Grecia, países que vienen sufriendo graves problemas sociales y económicos. Lo impactante es que ocurra en naciones más prósperas e igualitarias en las que crecen como opciones con expectativas futuras de poder.

Suecia es el sexto país con mayor bienestar del mundo si se toma como medida el Índice de Desarrollo Humano ajustado por desigualdad, que promedia los ingresos, el nivel educativo y la salud de la población, controlando por el grado de equidad en el reparto de los recursos.  Alemania está séptimo, Dinamarca está noveno y Holanda décimo. En todos ellos el avance de la extrema derecha aparece hoy como imparable.

España, un escalón abajo de las nombradas pero aún con un grado de bienestar por encima de la media mundial, ha visto ahora el creciente apoyo de sus ciudadanos a este tipo de expresiones que dicho sea de paso pueden en un futuro inmediato nutrirse de desencantados del PP (Partido Popular) de tendencia conservadora pero con un antecedente fundacional que abreva en el franquismo ya que es la continuidad de la Alianza Popular de Manuel Fraga Iribarne quien en enero de 1989 consideró llegada la hora de cambiar el nombre y renacer como una fuerza sin vínculo alguno con los tiempos del Generalísimo.

No son pocos los que por estas horas consideran que la sobreactuación del gobierno socialista en la cuestión de la exhumación de los restos del Caudillo pudo servir de disparador para un florecer de la extrema derecha, nostálgica de los tiempos de orden y bienestar económico de la última etapa franquista.

El tema de la inmigración y América Latina

«No es lo mismo un inmigrante hispanoamericano que la inmigración de los países islámicos» suele afirmar Santiago Abascal, líder de Vox y justamente proveniente del Partido Popular del País Vasco, en su distinción acerca de los diferentes «estatus» de los inmigrantes ilegales, uno de sus blancos predilectos de campaña.

Y no es casual que en su manifiesto fundacional Vox reafirma «la identidad europea e iberoamericana» de España y «su doble vocación mediterránea y atlántica».

El secretario general de Vox Javier Ortega Smith, en un reciente viaje a Buenos Aires, llamó a dar «la batalla cultural en Hispanoamérica». El hombre es hijo de madre argentina y cuenta con doble nacionalidad.

Ortega Smith se presentó en el Círculo Militar de Buenos Aires junto a Victoria Villarruel, presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTyV), una organización revisionista de la última dictadura militar argentina a la que rescataron en sus discursos como «la última defensora del principio hispanoamericano».

Este domingo, tras el tercer puesto obtenido, la organización llamó a «la construcción de un espacio de estas características en Argentina».

La creciente xenofobia que se ha desarrollado en nuestro país contra inmigrantes de naciones limítrofes hace pensar que ya se abona el campo propicio para el desarrollo de estas expresiones políticas de extrema derecha, tal cual ha ocurrido en Brasil con el triunfo de Jair Bolsonaro, en Perú con fuertes sectores del oficialismo y en Bolivia con el protagonismo del fundamentalismo religioso originado en Santa Cruz de la Sierra que encontró aliados en sectores políticos del resto del país y en el ala dura de las fuerzas militares.

También en Chile tuvo consecuencias el crecimiento de Vox. El presidente del movimiento Acción Republicana, José Antonio Kast, consideró que la «derecha chilena tiene mucho que aprender de la derecha española». Su fuerza tiene previsto lanzarse de lleno en las elecciones de 2021  «sin transar principios ni convicciones, sin ceder ante la izquierda ni tomar sus banderas» resaltó.

En Uruguay los recientes comicios dejaron la sorprendente irrupción de la formación de extrema derecha Cabildo Abierto, fundada por el excomandante en jefe del Ejército Guido Manini Ríos  quien fue destituido por Tabaré Vázquez por no haber denunciado la confesión del tristemente célebre represor Nino Gavazzo acerca del destino final de los restos del tupamaro Roberto Gomensoro que en 1973 fue arrojado a las aguas del Río Negro.

Cabildo Abierto consiguió 11 bancas en Diputados sobre un total de 99 y 3 en el Senado de un total de 30, lo que lo convierte en fiel de la balanza para el ballotage que decidirá quien accede a la presidencia de la república. Un resultado inesperado y un poder que a partir de ahora será determinante.

Conclusiones preocupantes

Si bajamos al mapa de la Unión Europea por países, observamos la presencia de la extrema derecha en hasta 19 parlamentos a nivel nacional:

En Italia la Liga Norte del vicepresidente Matteo Salvini obtuvo más de un 17% en las últimas elecciones del país y sigue creciendo en las encuestas.

En Hungría, Alemania, Dinamarca, Grecia, Austria, Finlandia, Suecia o Polonia también ha penetrado la extrema derecha con sus tesis euroescépticas y su discurso antiinmigración y xenófobo.

Este domingo Vox  irrumpía en el Congreso con 24 escaños tras las elecciones generales.

En América Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Argentina, Uruguay y Colombia ven avanzar estas fuerzas sin que se produzcan respuestas democráticas que mejoren las condiciones de vida de sus gentes y sirvan a la vez para aventar las expresiones xenófobas que hoy hablan de «robo del trabajo nacional» allí donde hasta ayer mismo eran bienvenidos los migrantes de los diferentes países.

Confiar en la vocación de tales propuestas para integrarse a la vida democrática supondría repetir la ingenuidad de los países de la Europa de la pre guerra que confiaron en que cediendo a Hitler la soberanía de Polonia se lo frenaría en su intento expansionista y se lo podría integrar a la política europea.

La extrema derecha, como su contracara por izquierda, necesita imperiosamente de las dictaduras para imponer su mensaje de odio y dominación. Por lo tanto la democracia fue y será una enemiga a pulverizar y sus cultores estarán siempre señalados como los enemigos del nuevo orden.

Y el mundo, nuestro continente y la Argentina ya caminan irresponsablemente al encuentro de una encrucijada que siempre tuvo final trágico. Tal vez sea hora que la democracia comience a dar respuestas concretas  a las necesidades de sus representados.

Antes que sea tarde…