El largo camino del adiós

Escribe Adrián Freijo Encerrada en el micro mundo de la política mas detestable y de un relato que ya huele a ensoñación, la Presidente brindó un talk show que deja una imagen más triste que enojosa.

Tal vez siga pensando que su palabra puede torcer voluntades o tan solo se trate de una pequeña estrategia para llegar al 10 de diciembre sin que la realidad le estalle en la cara. Cualquiera de las dos alternativas no pueden sin embargo esconder la realidad de una dirigente de bajo vuelo que nunca llegó a comprender la importancia del bien que la sociedad puso en sus manos y que terminó dilapidando en un sueño faraónico de una eternidad que su gran enemiga, la Constitución nacional, nunca le dejaría construir.

A pocos metros del epicentro de la puesta en escena, miles de argentinos -muchos más de los fanáticos que festejaban cada mohín, cada requiebro y cada mentira de «la jefa»- tomaban café o caminaban desentendidamente por la calle enfrascados en un estado de ánimo que oscila entre el entusiasmo por el cambio inevitable que se viene y la preocupación por cual será el costo de poner en caja tantos desmanes. Para ellos lo que ocurría en La Rosada era una de las últimas representaciones de una gastada obra que pretendió ser épica y, con mucha buena voluntad, rozó el vodevil costumbrista que siempre aparece en cada final de ciclo peronista.

Tal vez su lectura haya sido esa o quizás a esta altura se conforme con los aplausos reiterados que a los discursos reiterados le prestan las caras reiteradas.

Tal vez a Scioli le importe interpretar el ninguneo a su persona como un apoyo explícito.

Tal vez a sus seguidores rentados les quede la última esperanza de mantener sus «prebendas revolucionarias».

O muchos de los allí presentes ya estén pensando que teléfono hay que levantar para comenzar a despegar sus ajadas figuras de este zeppelin que se viene irremediablemente en picada.

Pero la suerte está echada y cualquiera sea el resultado del balotage Cristina ya comenzó a ser historia. Y no de la buena.

Esto es tan claro como claro será el resultado de su desastrosa gestión y el volúmen de la corrupción desmadrada apenas la próxima administración abra esa Caja de Pandora que ella cree dejar bien atada y que sin embargo ya deja ver obscenamente sus interiores.

Y ahí ya no alcanzarán las bravatas, las mentiras ni los aplausos contratados. La aspirante a reina de un país silenciado tomará rápidamente nota que estará sola y que deberá asumir las responsabilidades propias y ajenas.

Mientras tanto, ordenando a una tropa inexistente como Hitler en las últimas horas de su desvencijado bunker, Cristina comenzó a recorrer ayer el largo camino del adiós.