El marcado crecimiento de casos en la ciudad enciende las alarmas

RedacciónEl crecimiento constante de la cantidad de nuevos casos de COVID en Mar del Plata muestra a las claras que algo se ha hecho mal o que estamos frente a la temida segunda ola. ¿Y ahora?.

Puede discutirse si las medidas tomadas oportunamente los las autoridades nacionales y provinciales fueron las correctas, si la cuarentena fue excesiva o si las aperturas autorizadas lo fueron sin los estudios necesarios y carentes de controles mínimos sobre el cumplimiento de los protocolos. Y seguramente encontraremos mucho para criticar y también para suponer, sin margen de error, que estamos frente al reino de la especulación y la frivolidad de una clase dirigente más abocada a dañar al adversario y acumular poder que a atender las cuestiones más serias del arte de gobernar como es, por ejemplo, la salud.

Todo fue una gran mentira desde el primer día: la construcción de los hospitales móviles que solo se terminaron, y a medias, tres meses después de lo anunciado, los números oficiales de contagios y muertes que debieron ser corregidos para dar paso a más de tres mil decesos que se había «olvidado» cargar y a llegada de la vacuna que terminó convirtiéndose en un aquelarre que, de no ser por lo trágico de las circunstancias, terminaría por ser un cómico paso de comedia en el que sus principales protagonistas aconseja «tomar un tecito para combatir al virus» o anticipan que «acá no van a llegar los contagios porque China queda muy lejos».

Pero poco agregará llorar sobre la leche derramada; con miles de personas llegando a la ciudad, la juventud decididamente rebelada contra cualquier medida restrictiva, los comerciantes más que renuentes a cumplir con distanciamientos que vuelven a sus negocios deficitarios, las fistas clandestinas convertidas en el negocio de la temporada y un aparato de control insuficiente y poco profesional que aunque quisiera -que no parece ser el caso-no daría abasto a parar los excesos que ninguno de nosotros necesita que le cuenten porque estallan delante de nuestros ojos, nada sería más tonto que fingir sorpresa, arrepentimiento o preocupación.

Los colectivos viajan llenos de gente parada como en tiempos anteriores al estallido sanitario, las plazas se llenan de grupos que comparten mate, juegan al básquet o al fútbol, los balnearios se convierten en multitudinarias discotecas, las manifestaciones de protesta, las vigilias o marchas a favor de tal o cual medida y las ferias a cielo abierto en las que se amontonan miles de personas son realidades concretas de una sociedad que no sabe, no quiere o no puede comprender que lo que está en juego es la propia vida.

Y ese fenómeno de crecimiento de contagios ya no tiene retorno. ¿Porqué?…porque nadie puede hoy plantarse con credibilidad frente a los marplatenses y preguntarles si saben o sospechan lo que está pasando a su alrededor.

Comenzará la vacunación y será de Dios que ello vaya acercando un principio de solución, aunque a esta altura no sepamos cuando llegará el grueso de la esperada carga, que será de la segunda dosis y que seguridad podemos esperar de un medicamento sobre el que la misma ANMAT acaba de prevenir acerca de las consecuencias graves que se han detectado en mayores de 60 años y del que solo conocemos lo que la enigmática Rusia se ha dignado informarnos. Pero es la única tabla de salvación que nos queda…la única.

Debería prestar atención la dirigencia política; la gente se ha acostumbrado a hacer lo que le viene en ganas y poca o ninguna importancia le da a las largas peroratas de quienes se han cansado de demostrar ineficiencia y egoísmo en cada uno de sus pasos y decisiones.

Y esos hartazgos, convertidos en cultura social, suelen dejar consecuencias más permanentes que un virus al que tarde o temprano venceremos.

Y para ello no hay vacuna. O si…pero mejor no menearla.