El miedo a las urracas y la prohibición de importar libros

Por Juan Javier Negri (*) – Burocracia, temor a la competencia y cerrar el mercado para elevar costos locales son las verdaderas razones del cepo a la importación de libros

Dr. Juan Javier Negri

La urraca es un pájaro de la familia de los córvidos, conocido por consumir sustancias no comestibles. Su designación científica es pica pica. De aquí se deriva el nombre de un trastorno de la conducta alimentaria denominado pica, que consiste en llevarse a la boca sustancias incomestibles. Algunas de estas son, entre otras, hielo, pegamentos, tierra, papel, plásticos, tiza, yeso, virutas de la pintura, bicarbonato de sodio, almidón, moho, cenizas y cualquier otra cosa que, en apariencia, carece de valor alimenticio. La pica está descripta en el clásico Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), publicado por la Academia Estadounidense de Psiquiatría.

Desde al menos 1974, según un estudio de Joselow y Bogden publicado en el American Journal of Public Health, la ingestión de papel impreso solo puede ser peligrosa para los enfermos de pica, debido al posible contenido de plomo de las tintas de impresión. El estudio mencionado atribuye eventuales trastornos de salud a quienes mascan pelotitas de papel impreso como hacían cientos de estudiantes que las convertían en proyectiles para arrojarlos con una cerbatana, en escuelas y colegios.

La independencia de la Argentina se forjó sobre bibliografía importada: las doctrinas de Rousseau y de Locke llegaron en las venenosas páginas de los ejemplares que leyeron nuestros próceres

La argucia que la burocracia estatal ha usado esta vez tiene antecedentes: ya en la época del violento Guillermo Moreno se había usado una excusa similar. Se realizaron pruebas entre 2012 y 2015 para detectar libros con plomo. ¿Cuántos se hallaron? Ninguno.

Por suerte, la prohibición no tiene el propósito de evitar en la Argentina la difusión de ideas contrarias a los principios nacionales y populares que, de la boca para afuera, predican nuestras autoridades, propósito que, en la actualidad, la criticada globalización convierte en imposible. Afortunadamente, la cuestión es más pedestre aún. Tiene como uno de sus principales objetivos evitar que las exhaustas arcas del Tesoro se vean sometidas a la presión de quienes demandan libros y revistas del extranjero o de aquellos que, por las razones que fuere, desean imprimirlos fuera del país.

Detrás de esta segunda posibilidad pueden estar ocultas las presiones sectoriales y gremiales de quienes encarnan apetencias que, como de costumbre, elevan los costos locales de cualquier actividad a niveles que exceden los normales en el resto del mundo.

Que la desgraciada situación económica argentina, fruto de años de políticas erradas, muy distantes de las que hicieron grande a este país, haya llevado a tomar una medida semejante debería mover a todos a la reflexión. Nadie duda de que, con frecuencia, hay calamidades y desastres que sumen a algunos países en la pobreza; pero en la Argentina, como se dice en la calle, «hemos logrado hundir un corcho». Nuestro país rico, dotado de recursos naturales en abundancia, figura hoy, junto con Corea del Norte, Venezuela y muy pocas otras naciones, entre aquellas ganadas por la miseria material y, ahora, intelectual.

Es también lamentable que no se nos diga la verdad, que se recurra a argumentos que no resisten análisis, que por la vía de increíbles parábolas discursivas se quiera hacer pasar una cosa por otra. La independencia de nuestro país se forjó sobre libros importados: las ideas de Rousseau y de Locke llegaron a estas tierras en las páginas «venenosas» de los ejemplares que leyeron nuestros próceres. Ninguno pereció por ellos, sino que supieron aprovecharlos para nutrir de savia alimenticia sus ideas de libertad.

(*) – Especial para La Nación