«A mi no me van a cortar calles ni quemar gomas», dijo Carlos Arroyo cuando le hacía creer a los marplatenses que su figura encarnaba algo distinto. Hoy aquellas palabras suenan a broma.
Elio Aprile trataba de explicar desde su formación de filósofo que aquellos que se instalaban frente al municipio, cortaban las calles, tomaban los espacios públicos y complicaban la vida de miles de marplatenses eran emergentes de una sociedad injusta que aún buscaba una escala de valores común. La gente lo puteaba en cuatro idiomas distintos.
Daniel Katz trataba de hacer entender que a esas mismas personas no se las podía tocar porque Néstor Kirchner había instalado una nueva valoración de la protesta social a la que no había que criminalizar aunque quienes la llevaran adelante cometieran cada día una docena de delitos preexistentes a la llegada al poder del patagónico amante de las cajas fuertes. Y el Ruso explicaba una y mil veces que quienes a él le convertían el centro marplatense en un purgatorio lo hacían como parte de los dolores del crecimiento. La gente lo puteaba en arameo.
Gustavo Pulti debió padecer los delirios socialistoides y revolucionarios de Cristina, iluminada en aquello de utilizar a los pobres, sus demandas y derechos para esconder con bombos y redoblantes la realidad de un país al que ella y sus socios vaciaban a una velocidad de rayo. Para ello desgranaba millones de finas palabras tratando de explicar la lógica de las calles cortadas por cualquier motivo. La gente lo puteaba en sánscrito.
Carlos Arroyo encaró las cámaras con su capote legendario, frunció su adusto ceño como general en operaciones, lanzó una mirada digna de una avanzada del Afrika Corps y sostuvo con la naturalidad de un «buenos días mamá» que a él nadie iba a cortarle calles ni quemarle gomas.
Hoy,por enésima vez durante su corta y agitada gestión, un grupo de apenas 15 personas cortaban la calle Yrigoyen y convertían el tránsito céntrico en un verdadero manicomio en plenas vacaciones de invierno. La gente comienza a putearlo en esperanto.
¿Alguna vez entenderán «los sonidos del silencio»?…o simplemente el valor de la «no palabra».


