EL OTOÑO DEL PATRIARCA

Tras dos décadas de construcción de un poder absoluto la aventura chavista llega a su fin en medio de trágicas expectativas para sus líderes y para el pueblo venezolano. Últimas horas de un delirio.

Hugo Chávez tenía todos los delirios propios de los viejos dictadores latinoamericanos. Creía en su destino de inmortalidad y soñaba, con los mismos escasos fundamentos racionales que Simón Bolivar, que la Patria Grande se constituiría en torno a su figura.

Y como el héroe máximo de la Gran Colombia olvidaba las diferencias culturales y sociales de países cuyos gobiernos podían ser coptados al precio del dinero fácil pero cuyos pueblos no estaban convencidos que ese modelo de felicidad ficticia, siempre con la mano extendida al malgasto y, como tantas otras veces en experiencias anteriores de la región, proclives a llenarse la boca con palabras como «liberación», «imperio», «revolución», patria», «muerte» y generalidades por el estilo, pero sin aclarar nunca cual era la estrategia y la base racional de semejante epopeya, Chávez y su descendencia terminaron comprando un cuento de hadas cuyo final ya había sido escrito un centenar de veces.

La muerte cortó su sueño y hoy su torpe sucesor se apresta a deambular febrilmente por la selva del olvido tal cual lo hiciese en sus últimos años el Libertador de cuyo nombre extrajo Chávez la definición de su propio proyecto.

La Colombia post Bolivar quedó en manos de esos capitales «gringos» a los que con tanto odio hacen referencia militares y civiles enrolados en el chavismo. La corrupción, la prebenda y la necesidad de sojuzgar al pueblo para disfrutar la impunidad fueron entonces la herencia de una revolución insensata que perdió contacto con la realidad en el mismo momento en el que José de San Martín abandonó el continente para no ser parte de lo que pudo ser una cimiente y terminó derivando en un delirio.

No extraña entonces que Nicolás Maduro se encuentre ahora en las puertas de padecer la traición de «sus generales» como le ocurriese al propio Simón. Como aquellos que fueron capaces de perseguir a quien hasta ayer nomás los acaudillaba y los había convertido en la nueva aristocracia caribeña, los mandos de las Fuerzas Armadas Bolivarianas ya negocian a tambor batiente la salida del singular presidente de Venezuela.

Saben que acompañarlo en su delirio y someter al país a un baño de sangre tendrá para ellos consecuencias trágicas y que no habrá sitio en el mundo en el que puedan ir a disfrutar sus riquezas mal habidas. Salvo, claro está, que elijan tres o cuatro patos de la boda, retomen el poder, llamen a elecciones y…aquí no ha pasado nada.

Como Saddam, como Kaddafi, como Mussolini, como Julio César, como Stroessner, como Ceacescu, como Noriega …como tantos que de una u otra forma terminaron ultimados por los mismos que habían sido, hasta días antes, los beneficiarios de sus prebendas. No hay ser más desprotegido que el dictador en desgracia…

Lo percibe el mundo y empuja su gobierno hacia afuera antes que la sinrazón tome el centro de la escena y todo quede a expensas de aventuras internas con financiamientos externos. Lo percibe la oposición y se adueña del ring con instrumentos y apoyos hasta ahora impensados. Y lo perciben los socios de ayer que hoy buscan la borda más cercana para abandonar el barco con el menor daño posible.

Y hasta lo percibe el propio Maduro que clama por un diálogo del que se burlaba mientras creía que su mentada alianza cívico-militar era parte de una realidad que ciertamente nunca existió.

Como el ajado patriarca surgido del inagotable talento de Gabriel García Márquez hoy vive su otoño sin gloria y sin futuro posible.

Quien compra lealtades suele perderlas cuando ya no tiene como pagarlas. Y el final…siempre es el mismo.