EL PEOR ERROR POSIBLE

La decisión del gobierno argentino de suspender su participación en el MERCOSUR supone el peor error estrategio que se podía cometer y la anunciada irrupción del autoritarismo.

Argentina decidió retirarse de las negociaciones de los acuerdos comerciales actuales y futuras del Mercado Común del Sur (Mercosur), del que es miembro junto con Brasil, Paraguay y Uruguay, «para centrarse en su política interna y dar respuesta a la crisis del coronavirus» según lo afirmado por el canciller Felipe Solá al momento de explicar la extemporánea decisión. Pretender que atender la política exterior de la nación es el camino para luchar contra una pandemia supone o una confusión conceptual importante o el reconocimiento de que el gobierno argentino no está en condiciones de atender más de una cuestión por vez. Ambas alternativas son por cierto preocupantes….

Más allá de las cuestiones puntuales que motivaron la salida -las negociaciones que se mantienen con Singapur, Canadá, Corea del Sur o el Líbano y el pretexto de la recesión como argumento para frenarlas- la decisión responde a una de las dos tendencias existentes en la cúpula del poder y que, como tantos otros temas vinculados al posicionamiento argentino en el mundo y a la economía, ya han disparado una sorda guerra que aún no llega al estado de exposición pública pero que viene creciendo en intensidad y hechos.

Por un lado el kirchnerismo duro, liderado por la ex presidente, que promueve un alineamiento con el Grupo de Puebla y un frente común con Venezuela, Cuba y Nicaragua para enfrentar al capitalismo central del que el MERCOSUR, dicen, es el ariete de entrada en América Latina a través de la demorada alianza con la Unión Europea. Como pata no tan lejana de esta mesa asoma la omnipresente figura del papa Francisco y su mirada crítica sobre el capitalismo y sus consecuencias en el mundo.

Frente a ellos se levantan los profesionalistas de las relaciones internacionales y aquellos que sostienen la necesidad de tomar distancia de la experiencias pretendidamente progresistas -que en todo los casos citados maquillan dictaduras tradicionales acusadas de graves violaciones a los derechos humanos- y que están además convencidos de que de esta crisis solo se saldrá manteniendo relaciones sólidas con los centros internacionales del poder financiero, del que esperan no alejarse y con el que cuentan para generar las condiciones necesarias para llevar a buen puerto las negociaciones con los bonistas. «Si hubo un momento poco propicio para jugar a la revolución es justamente este» sostienen frente a las ínfulas de sus opositores internos.

Tomar entonces una decisión unilateral e inconsulta, en el mismo tiempo en el que se le pide confianza a quienes deben subir el pulgar a una negociación que viene complicada, es al menos un error estratégico que va a tener consecuencias. Y hacerlo con el Congreso cerrado, sin debate previo y como resultado de una conversación telefónica de pocos minutos entre el canciller y el presidente, supone un extraño modo de entender el funcionamiento de las instituciones en democracia, asumir un estado de emergencia que no ha sido consagrado legalmente y soslayar peligrosamente el debate como medio de resolver las líneas directrices de las políticas de estado.

Pero Argentina, de la noche  la mañana, está fuera del Mercosur y cada vez más cerca del área de influencia de una China que por estas horas debe festejar el insólito portazo.

Como en tantos otros temas Alberto Fernández habla de cerrar la grieta y no desaprovecha ocasión alguna de ensancharla.

Claro está…se es cierto que es él quien comanda el barco.