El perro, Bolivia, la historia repetida y los golpes que vienen

Por Adrián FreijoPara los que sostienen la teoría de que lo ocurrido en Bolivia «no es un golpe de estado» sería bueno invitarlos a recorrer la historia de América latina.

«Si huele como perro, si ladra como perro y se rasca como perro …. no lo pienses tanto, sencillamente es un perro» dice la sabiduría popular en su tradición de rescatar lo obvio frente a tanto intento por reinterpretar los hechos por antojo o conveniencia.

Pretender que un golpe militar se limita a aquellos casos en los que los uniformados suben a sus tanques, avanzan sobre la casa de gobierno, desalojan a las autoridades legítimas y legales del país y asumen el mando del estado es a esta altura un anacronismo o una mala intención. Las últimas décadas han puesto ante nuestros ojos mil maneras diferentes de hacerse del poder real que son utilizadas por quienes, civiles o militares, pretenden encaramarse por fuera de la Constitución en el vértice del poder de un país y ahí quedarse.

¿O no fue un golpe el de Juan María Bordaberry quien ejerció como presidente constitucional del Uruguay entre 1972 y 1973 y como presidente de facto entre 1973 y 1976 cuando disolvió el Congreso y gobernó con las FFAA implementando una verdadera dictadura que terminaría fagocitándoselo para dar paso al cruel mandato del Gral. Gregorio «Goyo» Álvarez, socio dilecto de la dictadura argentina con la que interactuaba a ambos lados del Río de la Plata?

Ya antes en la Argentina el caso de José María Guido, presidente de la Nación Argentina desde marzo de 1962 hasta octubre de 1963, que encontrándose primero en la línea de sucesión presidencial asumió las funciones de los poderes ejecutivo y legislativo como resultado del golpe de 1962 que derrocó y detuvo a Arturo Frondizi y que mantuvo preso al presidente constitucional, declaró en receso al Congreso de la Nación e intervino las provincias, asumiendo la totalidad de los poderes ejecutivos y legislativos, que la Constitución argentina divide entre el Estado nacional y los estados provinciales, fue un antecedente no tan remoto de la ola de intervenciones «indirectas» de los militares que poco después derivarían en dictaduras directas.

También en Brasil Joao Goulart quien con la renuncia del izquierdista Janio Quadros, el 25 de agosto de 1961, asumió la presidencia de la república, tras negociar con las fuerzas armadas y la oposición de la derecha, en un sistema en el cual el presidente de Brasil se sujetaría a las decisiones del Congreso, renunciando a diversos poderes.

También pagaría su claudicación siendo derrocado y terminando sus días en un largo exilio uruguayo, lejos del poder y de su país.

Otro caso emblemático, pero en este caso con la particularidad de un golpista que luego vuelve al poder aupado en el voto popular como indicativo de un vicio de origen en las convicciones democráticas de la región, fue el de Hugo Banzer Suárez quien encabezó en Bolivia un golpe contra el gobierno progresista de otro presidente de facto, el General Juan José Torres, y que lo llevó a estar detenido por breve tiempo para luego asumir el cargo de presidente en 1971 e instaurar una férrea dictadura en alianza con dos partidos históricamente enfrentados (MNR y FSB) junto a un sector del Alto Mando militar.

Mantuvo el poder  por siete años, dejando incontables denuncias de atentados contra los derechos humanos,  participó en el Plan Cóndor instrumentado por los gobiernos militares de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile y Bolivia y Perú en los años 70, periodo en el que Bolivia suministró a Chile y a Argentina información sobre el movimiento de los llamados ‘subversivos’ y que se encontraban dentro del territorio de estos países.

Fue derrocado el 21 de julio de 1978, luego de una larga huelga de hambre iniciada por mujeres mineras que dirigían y participaban en organizaciones sociales, quienes lo presionaron a llamar a elecciones. Como ocurre ahora con Evo Morales, al comprobarse la victoria fraudulenta de su candidato, el militar Juan Pereda Asbún este dio un golpe de estado que obligó a Banzer a marchar al exilio del que retornaría en 1979 cuando fundó su propio partido, Acción Democrática Nacionalista, con el que  participó en las elecciones nacionales en 1979 y 1980. En las elecciones generales del 14 de julio de 1985  ganó la votación por muy poco margen al Movimiento Nacionalista Revolucionario de Víctor Paz Estenssoro, quien resultó electo en el Congreso con los votos del centro-izquierdista MIR, liderado por Jaime Paz Zamora. Una vez en la Presidencia, Paz Estenssoro vio que tenía que pactar con Banzer si quería tener margen de maniobra para aplicar sus medidas de shock para frenar la inflación. En el llamado Pacto por la Democracia, el partido de Banzer asumió el control de las dos cámaras del Congreso a cambio del apoyo congresal de este partido a las medidas del ejecutivo. Ya estaba instalado como un político tradicional, aunque sus intenciones autoritarias siguiesen siendo las mismas.

En 1993 volvió a presentarse a unas elecciones presidenciales, esta vez como candidato del Acuerdo Patriótico, alianza de su partido con el MIR de Paz Zamora, obteniendo el segundo lugar detrás de Gonzalo Sánchez de Lozada, candidato del MNR, quien resultó electo en el Congreso.

Tras el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997), Banzer se presentó una vez más a las elecciones, ganándolas y alcanzando así en 1997 la presidencia por la vía constitucional. De general golpista se convertía ahora en mandatario constitucional.

El mismo derrotero seguido por Hugo Chávez, quien se había levantado en armas contra el presidente Carlos Andrés Pérez para luego acceder a la presidencia vía elecciones libres hasta ser depuesto y encarcelado por sus propios camaradas militares en complicidad con sectores de la vida política venezolana.  Pero regimientos leales, y una pueblada que invadió las principales ciudades de Venezuela lo repusieron en el poder después de un golpe cívico-castrense que puso al país al borde de la anarquía.

Desde ese momento Chávez ya no apartaría a las fuerzas armadas de la estructura de gobierno, reformaría con el apoyo de las armas la constitución y se apoltronaría en el poder hasta su muerte designando sucesor a Nicolás Maduro quien terminaría por imponer una verdadera dictadura cívico-militar que ha conculcado los derechos civiles, violado los derechos humanos y entregado en el poder de las armas el manejo de la vida institucional de un país hoy sumido en la peor de las miserias, la desintegración y la existencia de dos gobiernos irreconciliables.

Tan solo algunos casos que sirven para entender que los golpes no siempre son lineales y que el militarismo en el manejo del estado toma a veces la forma de dictadura directa y otras la de las fuerzas armadas como poder real detrás de mascaradas democráticas.

Esta modalidad, conocida en la ciencia política moderna como la de «golpes blandos», es la que comienza a amanecer en América Latina con lo que ocurre por estas horas en Bolivia, Ecuador y de manera creciente en Chile y en el propio Brasil de la mano de Jair Bolsonaro, siempre apoyado en sus ex camaradas para intentar domar a la clase política del país.

Y que ya no podemos dudar que se instala como una tendencia peligrosa que amenaza con extenderse en la región de la misma forma en que lo hizo con las ficciones democráticas de los 50 –Rafael Trujillo (República Dominicana), Alfredo Stroessner (Paraguay), Marcos Pérez Giménez (Venezuela), Anastasio «Tacho» Somoza (Nicaragua) sin olvidarnos de Fidel Castro (Cuba) quien tras su ascenso revolucionario convirtió su poder en una ficción democrática de partido único e instituciones republicanas bajo su absoluto control.

No dude el lector que así será el tiempo que viene, salvo que todos asumamos una defensa militante de la institucionalidad legal, la Constitución, y legítima, el cumplimiento por parte de los gobernantes de sus promesas y del mandato que les ha sido conferido por la ciudadanía. Como decíamos en nuestro editorial, dejar atrás la costumbre de vivir cómodos  en la anormalidad. (Ver: VIVIR ANORMALMENTE).

Si no lo entendemos, si nos quedamos en esta grieta absurda que nos convierte a unos en enemigos de los otros, si clamamos solo por nuestros derechos sin prestar atención a nuestras obligaciones como ciudadanos y nos limitamos a ser observadores críticos de lo que pasa en el país, la ola del autoritarismo, de las auto proclamaciones y del poder en manos del militarismo se nos vendrá encima como tantas veces ocurriese desde el fondo de la historia.

Y como siempre, nos daremos cuenta cuando sea tarde…