El pobre valor de la palabra en la democracia argentina

Por Adrián FreijoPara el lingüista «república» es una palabra, para el demócrata «palabra» es la república. Más allá del juego semántico, no entenderlo es el drama argentino.

La gente no cree en la palabra de los políticos; más bien da la sensación de que busca rápidamente el tropezón, en forma de contradicción, que le permita seguir el camino sacándose de encima la pesada mochila de vivir con esperanza lo que la historia le indica que va a terminar en decepción.

¿Puede decirse que somos una sociedad escéptica?, ¿desentendida?, ¿facilista?. Nada de eso: la Argentina y sus habitantes padecen desde hace décadas mentiras y promesas incumplidas que hacen muy difícil creer que los mismos responsables, con el solo argumento de la amnesia, puedan retornar pasado un tiempo esgrimiendo las soluciones que una y otra vez demostraron no tener.

La tecnología, que preserva el archivo y la memoria lejos del alcance de los censores, nos muestra cotidianamente a quienes hoy dicen blanco asegurando, tal vez ayer nomás, que todo es negro. Y aunque el señalado mire para el costado o intente una explicación rocambolesca de su incoherencia el hombre común recibe, percibe y decide que es solamente un mentiroso.

Tal vez el caso más expuesto por estas horas sea el del propio presidente de la república: a poco de cumplir un mes de mandato Alberto Fernández ha pasado su tiempo explicando porque hasta ayer sostenía todo lo contrario a lo que hoy defiende.

Y es que para los políticos argentinos «república» es solo una palabra. Una más, como patria, nación, justicia, pobreza, honor y futuro. Para cada una de ellas nuestros dirigentes tienen frases de ocasión, contenidos y formas de conveniencia.

Así para los peronistas da lo mismo la república neoliberal de Carlos Menem, la caudillesca de Eduardo Duhalde, la populista y personalista de Cristina Kirchner o la pretendidamente social demócrata de Alberto Fernández. Cada dirigente, legislador o pensador peronista encontrará las frases y conceptos necesarios para justificar que todas y cada una de esas «repúblicas» son acabadamente peronistas.

Y así votarán entusiastas el privatizar lo que ayer nacionalizaron, derogar lo que antes legislaron y promover lo que ayer desalentaron. Todo es igual…mientras se haga en nombre de Perón y del pueblo.

Los radicales seguirán proclamando su carácter republicano aunque tengan que navegar su historia entre el sueño popular de Hipólito Yrigoyen, el conservadorismo de Marcelo T. de Alvear, el fluír democrático de Arturo Illía en tiempos en que el partido acompañaba entusiasta los golpes militares, el progresismo de Raúl Alfonsín y el quedantismo convertible de Fernando de la Rúa. Sin dejar afuera este tiempo en el que Mauricio Macri se convirtió en el jinete de una UCR que pasó cuatro años sin saber muy bien donde pararse…

Y es que ninguno entiende que la ecuación es la inversa: la «palabra» es la república.

Porque ésta se construyó de acuerdos redactados en una Constitución que llevó décadas de un derecho de costumbres edificado sobre la propia historia, sobre aquellas Bases en las que Juan B. Alberdi fue capaz de sintetizar lo que los habitantes de este suelo reclamaban para su organización y sobre cientos de compromisos asumidos entre nosotros y ante terceros.

¿Cómo puede pretenderse que quién esto olvida sea capaz de dar valor a su propia palabra volcada en slogans de campaña y acalorados discursos en los que se promete lo que se sabe que no puede cumplirse?…

«La devaluación de la palabra es la devaluación del recurso primordial de la democracia republicana» dice Santiago Kovadloff, y ciertamente no se equivoca. Y agrega que «si uno dice una cosa y luego dice lo contrario sin llevar a cabo un análisis autocrítico que permita fundamentar con credibilidad este cambio de posición ese tránsito es impune, y la impunidad desacredita lo que se ha hecho con lo se ha dicho».

Pero nunca habrá autocrítica si antes no se corrije el error de creer que «república es una palabra» sin dar crédito a la certeza de que «la palabra es la república».

Por que no es un juego de palabras…es la aceptación de una forma de vida común que se llama república.

Nada menos…