El presidente, el intendente y la impostura de los locos

Por Adrián FreijoEs norma general que en tiempo de pandemia los intendentes de Juntos por el Cambio busquen no confrontar con el poder central. Pero ello despierta resquemores.

 

La apertura del Hospital Modular en el predio del HIGA sirvió para que una vez más se observase la buena onda que existe entre el intendente Guillermo Montenegro y el presidente de la nación. Elogios cruzados, sonrisas y recuerdos, muestran a dos políticos dedicados a dar un mensaje hacia la sociedad pero también hacia adentro de sus propias fuerzas.

Y es que ambos pertenecen a una clase dirigente, surgida como consecuencia de la grieta instalada en la Argentina en la última década, que busca un retorno a la normal convivencia democrática pero también a ganar peso en sus propios espacios para ir corriendo, sin prisa pero sin pausa, a los fanáticos del enfrentamiento como camino hacia el poder.

“Mientras estemos a la espera de conseguir esos votos independientes necesarios para romper la paridad no vamos a poder constituir partidos sólidos y con ofertas claras hacia el electorado” decía tras el acto uno de los principales operadores del jefe comunal. “En la última elección nosotros tuvimos que reservar un espacio para el mensaje «progre» y ellos intentaron correrse hacia el centro para convencer a quienes, aún descontentos con el gobierno de Macri, no querían caer nuevamente en las prácticas del último tiempo de Cristina” recordaba.

Pero la realidad marca que por el momento, y a la hora de ejercer el poder, los extremistas de uno y otro lado aún llevan ventaja.

El fantasma omnipresente de la ex presidente y las más habituales apariciones de Mauricio Macri, por si o por interpósita persona, mantienen al país tironeado hacia uno u otro lado, hace aún difícil transitar la ruta de la normalidad y mucho menos lograr centrar la discusión en los temas urgentes que se necesita resolver para salir de esta crisis y los importantes para consensuar un modelo de país. La cuestión de la reforma de la Corte, inoportuna como es en un momento de tantas urgencias, es solo una muestra de lo que aquí sostenemos.

Guillermo Montenegro sabe que está gobernando una ciudad inviable. Una organización estatal apenas sustentable, la actividad económica postrada y la situación social explosiva se resumen, a la hora de buscar soluciones, en una realidad que costará mucho modificar: no hay manera de generar los fondos necesarios para lograr algún equilibrio.

Pero además se acumulan los problemas de larga data y que aparecen en un horizonte demasiado cercano como para fingir que se pueda ignorarlos. El transporte urbano, la recolección de residuos –que puede encontrarse con un conflicto explosivo en pocas semanas- y una caída constante de la recaudación anuncian una segunda mitad de año plagada de incertidumbres.

¿Puede el intendente cometer la locura de enfrentarse a la administración provincial o al gobierno nacional en estas condiciones?.  Un disparate el solo pensarlo…

Pero entre los fedayines de su propio espacio y las apresuradas expectativas del sector kirchnerista del Frente de Todos esto es difícil de entender o, al menos, no es más importante que las propias expectativas de poder.

Los suyos lo dejaron afuera de la discusión para designar a las autoridades nacionales del PRO –un sinsentido teniendo en cuenta la territorialidad que hoy representa Montenegro- y las espadas de Fernanda Raverta en la ciudad hacen lo posible por desgastarlo y complicar lo más posible la gestión.

Fantasmas similares a los que sobrevuelan al gobierno de Alberto Fernández, obligado a zigzaguear a derecha e izquierda para frenar las furias cristinistas que la mayoría de las veces tienen más que ver con improntas lenguaraces que con órdenes concretas de la caciqueja. Pero que siempre tienen el límite infranqueable del pedido de terminar con las causas penales que afectan a la ex mandataria y a su familia…lo que es más complicado de lo que parece a simple vista y requeriría decisiones judiciales escandalosas que no serían muy sólidas de cara a un futuro cambio de humor social.

En este tramo del camino ambos hombres se necesitan, se equilibran y se fortalecen en el diálogo. Y tal vez lo más importante, consolidan un estilo que es el que la mayoría de la sociedad está exigiendo de sus dirigentes.

Aunque se enojen los cultores de la pelea, la tensión como estado natural y la destrucción del adversario  convertido en enemigo.

Y que son minoría, aunque griten y actúen como si millones pensaran como ellos, tratando de hacer pasar como normal la impostura de los locos.