EL PRIMER GOLPE

Lo ocurrido en Bolivia es sin duda alguna un golpe de estado. La pregunta que debemos hacernos es si no se trata del primero de una serie de intentos similares que están en marcha.

Es verdad que deberá analizarse la responsabilidad de Evo Morales en los hechos que culminaron con un golpe cívico militar en Bolivia. Aquella interrupción del escrutinio electoral y el secretismo al que se sometió a la sociedad durante más de un día fueron motivo suficiente para teñir de dudas un proceso que se volvió así irrecuperable.

También lo es que Evo, como tantos gobernantes de América Latina, cayó en la trampa de buscar la eternidad del poder, reformando la Constitución Boliviana y forzando luego una interpretación capciosa de lo que decía la ley suprema de su país.

Ese vicio tan nuestro, que bien conocemos también los argentinos, ha traspasado el continente una y otra vez y ha causado el peor de los males que una democracia puede padecer y que hoy es casi una norma general en la región: la debilidad de las instituciones, siempre a expensas del manoseo y el mal uso del poder de turno.

Todo eso deberá ser sometido a controversia y el esfuerzo de las sociedades latinoamericanas para superar el vicio del personalismo tendrá que ser constante, largo y muy determinado. Sin ello nunca viviremos en democracia plena.

Evo Morales, como ocurriese con Lula Da Silva, deja atrás un gobierno que rescató a millones de bolivianos de la pobreza. En ese aspecto su administración bien puede calificarse como la más exitosa en la historia del país del altiplano y sería un crimen de lesa humanidad que una eventual llegada al poder de la poderosa derecha desandara el camino que en ese sentido fue iniciado. Pero no tuvo el mismo cuidado en mejorar las instituciones democráticas, propugnar por la unidad de sus ciudadanos y someterse como esclavo al mandato de las normativas que lo llevaron al poder y a las que luego manipuló en su beneficio.

Un claroscuro que terminó arrastrando su gobierno y que reitera experiencias del pasado que indican que en América Latina los rescatados por los gobiernos de signo popular se convierten en una clase media demandante que tras la mejora económica exigen igual resultado en lo institucional.

Pero lo ocurrido en Bolivia fue un golpe de estado. Sin duda alguna y sin otra interpretación capaz de explicar los acontecimientos de las últimas horas.

Un golpe de estado en el que el protagonismo volvió a reunir a los mismos sectores cívicos y militares que en tantas ocasiones han arrasado con los gobiernos legítimos en ese país, pero también en Argentina, en Brasil, en Chile, en Uruguay, en Paraguay, en Perú y en tantos países de la región.

Hace pocas semanas denunciábamos desde LIBRE EXPRESIÓN el riesgo de que aquellos tiempos estuviesen de regreso. Lo ocurrido en Bolivia no hace más que confirmar nuestros temores.

El golpe contra Evo fue el primero, pero seguramente no será el único.

Pongamos el ojo en la alianza entre Jair Bolsonaro y las fuerzas armadas del Brasil y hagámoslo también en Chile, donde la insistencia popular en exigir la renuncia de Sebastián Piñera ha generado un peligroso acercamiento entre el presidente y los jerarcas militares.

Y sobre todo cuidemos las instituciones democráticas. Todos…los que exigen calidad en Venezuela, en Cuba, en Nicaragua y los que la piden aquí o cruzando Los Andes. Todos; sin excepción ni ideología dominante.

Por que después de décadas hoy se produjo el primer golpe de estado en la región. Y ya todos sabemos que ocurre cuando las sociedades se hacen las distraídas con estas cosas…