El coronavirus alejó a la Iglesia del dolor de sus fieles

Por Adrián FreijoCrece el desconcierto social por la ruidosa ausencia de la Iglesia católica argentina en este tiempo de pandemia. Una actitud que puede tener un alto costo.

Los últimos años no han sido los mejores en cuanto a la relación de la Iglesia con la sociedad. Un hilo conductor que viene desde los negros años de la dictadura -plagados de silencios y complicidades eclesiales- y que enlaza con escándalos financieros y el tan presente como horroroso fantasma de la pedofilia, conformaron un cóctel venenoso con el materialismo propio de este tiempo, el hedonismo y los debates que traspasan al mundo moderno y que tienen nombre y apellido. El matrimonio igualitario, la homosexualidad y el aborto ocupan la agenda universal desde principio de los 90 y en todos ellos la institución romana -apretada por cuestiones de dogma y otras que nada tienen que ver con ello- debió abroquelarse en una posición conservadora que la enfrentó con al menos la mitad de la comunidad universal.

La caída de las vocaciones, la pérdida constante de fieles, los cismas internos y el crecimiento de otras expresiones cristianas a un ritmo similar al del agnosticismo, fueron la respuesta inmediata que puso al Vaticano a la defensiva y que aún hoy lo tiene en estado de confusión.

La aparición de Francisco con un mensaje renovador, casi revulsivo y de cara a un nuevo tiempo generó en los albores de su papado una esperanza que el paso de los años se ha encargado de anestesiar. Es poco lo que cambió y mucho menos lo que de ello asoma en el horizonte…

La crisis del coronavirus pareció una ocasión ideal para comenzar a cambiar esa imagen declinante. La posibilidad de ver una Iglesia comprometida, arriesgándose a ir allí donde el dolor llamaba sin miedos y con los riesgos del pastor que cuida a sus ovejas frente al merodeo del lobo, era casi una respuesta de manual al accionar de quien salva almas, espanta dolores y despierta esperanzas.

Pero ello no ocurrió. Al menos como respuesta institucional, que hubiese requerido del concurso de todos los niveles de la milenaria organización.

Los curas jóvenes, esos que tantas veces sufren el embate de las jerarquías y son tildados desde lo ideológico sin ver su capacidad de empatía con los más humildes, hundieron otra vez los pies en el barro y fueron allí donde el sufrimiento los convocaba. Pero lo hicieron solos, por convicción y decisión personal.

Las jerarquías de la Iglesia Argentina desaparecieron del escenario y lo hicieron sin rubor ni explicación alguna. Abandonaron a su pueblo a su suerte, limitándose a algunos consejos liturgistas que en nada ayudaban a paliar la dura realidad de todos.

De los más necesitados, que buscaban el reparo a sus carencias y los que, aún con espalda para resistir desde lo económico, aguardaban el consuelo y la contención de sus almas. Dejar al hombre en soledad con Dios puede representar la esencia de la fe pero cuestiona la necesidad de esa intermediación milenaria que representa su Iglesia.

El costo va a ser seguramente muy alto.

Pensar que de esta crisis salga una Iglesia fortalecida es tan solo un rasgo de ingenuidad o de fanatismo. No ha estado a la altura de lo que su grey le reclamaba…y eso se hará sentir. Mucho deberá reflexionar Roma si quiere que el coronavirus no sea el inicio de la crisis más profunda que haya atravesado en su historia.

El mundo clamó y la respuesta fue el silencio…

Quienes nacieron y crecieron bajo  aquel que fue capaz de sacrificar su propia vida por la humanidad se escondieron en el repliegue que garantizaba su seguridad al precio del abandono de sus hijos.

Es grave y es triste. Recemos para que Dios le muestre a su Iglesia el camino de una nueva oportunidad…