El tiro del final: las decisiones forzadas del presidente

Por Adrián FreijoMacri aceptó que el poder cambie de manos dentros del esquema de gobierno. Ya habíamos sostenido que crecía el poder de Vidal y los hechos demuestran que hoy es, con Rodríguez Larreta, quien marca la agenda.

Jaime Durán Barba ya emprendió el camino sin retorno que le marcó su fracaso y Marcos Peña maquilla el ostracismo con la retención, tal vez no por mucho tiempo, de un cargo que le quedó grande desde el principio mismo de la gestión de Mauricio Macri.

La debacle de las PASO tuvo un alto precio para quienes creían saberlo todo y, encerrados en sus despachos y en números que vaya a saber uno quien les hacía llegar, no supieron escuchar el clamor de una clase media devastada y de los sectores más vulnerables que cuatro años después, no encontraban ni la respuesta de la movilidad ascendente ni de un asistencialismo que durante doce años los había colocado por sobre una línea de flotación que, aún sin tierra firme a la vista, les evitaba al menos morir ahogados.

Argentina no tiene, desde hace décadas, un plan de trabajo para salir de la postración. Pero quedó claro que el gobierno de Cambiemos no atinó siquiera a contener la sostenida decadencia.

Pasados los primeros síntomas de histeria, pagados los precios por la impensada reacción de un presidente que pareció perder la frialdad que lo caracteriza, agotados los intentos por mostrar a un Macri visceral, gritón y apasionado, el baño de realidad indicó que había llegado la hora de cambiar el rumbo e intentar, de la mano de la vilipendiada política, una escalada que por ahora parece poco menos que imposible.

María Eugenia Vidal está enojada. Golpeada, es cierto, pero también furiosa. Sabe que el capricho del hoy alicaído dúo de asesores del presidente al impedir el desdoblamiento de las elecciones en Buenos Aires la condenó a una caída que pudo ser evitada o al menos morigerada. Y entiende que la lealtad incondicional que mantuvo hasta el momento está a punto de cobrarse un precio demasiado alto: perder el poder en la principal provincia argentina y tal vez herir de muerte sus aspiraciones futuras.

No es de extrañar que la noche misma de la derrota, tras abandonar intempestivamente el bunker oficialista, las conversaciones telefónicas con Horacio Rodríguez Larreta se exyendiesen hasta la madrugada. Ambos coincidieron que había llegado la hora de dar la batalla final por el poder y que la primera señal debería ser apartar ruidosamente sus estrategias de campaña de las que fijasen Peña y Durán Barba.

Esta vez el presidente leyó rápidamente el mensaje y, sin consultar con ninguno de sus dos principales escuderos y mucho menos con el ya agotado Nicolás Dujovne, ordenó a Rogelio Frigerio implementar los paliativos económicos para la clase media que, por insuficientes y tardíos, no parecen haber dado los resultados esperados.

Los mercados, ese juez tan temido por el mandatario y que lo ha convertido en su rehén, parecen haber bajado el pulgar a este neopopulismo sin convicción ni estudio alguno. Y los gobernadores, imprescindibles para garantizar la gobernabilidad y una salida lo menos traumática posible, quedaron obligadamente en pie de guerra por decisiones que los afectan y en las que ni siquiera fueron consultados.

Solo así se convenció que de nada servía el maquillaje y los mensajes encriptados. Salió el ministro de economía, entró en escena Hernán Lacunza,  una espada de Vidal que seguirá respondiendo a la gobernadora, y tanto ésta como el jefe de gobierno porteño se instalaron en Olivos y en Los Abrojos para marcar el paso de lo que vendrá.

Ya lo habíamos anticipado hace pocas horas: crece, y mucho,  el poder de Vidal (Ver: Se fue Dujovne, llega Lacunza y crece el poder de Vidal).

En cuanto influyó en este nuevo escenario el peso del Círculo Rojo que hace dos meses le había pedido a Macri que cediera su candidatura en manos de Vidal o que al menos la incorporase a la fórmula. alternativa esta última que fue seriamente analizada por el presidente y abortada por Peña y el asesor ecuatoriano, es algo que tal vez no se sepa nunca. Pero que hay olor a un ultimátum llegado desde la política y los negocios, es indudable…

Los tiempos urgen, las primeras encuestas post PASO hablan de un aumento en la diferencia que separa al oficialismo de un Frente de Todos que parece haber entendido por donde pasan las garantías del retorno al poder, y de ahora en más debemos esperar una ofensiva «populista» del gobierno tratando de mostrar sin disimulo un cambio de era y de filosofía.

Se viene un adelanto del aumento a las jubilaciones que debería implementarse en diciembre -lo que sumado al 12,2% de setiembre representaría una recomposición de casi el 25% para los pasivos- nuevos congelamientos, subsidios y todas aquellas medidas que hasta ayer nomás eran mala palabra para Balcarce 50.

Y sobre todo un cambio del eje de poder interno que teñirá la política oficial de ese desarrollismo en el que se formó Rodríguez Larreta y el filo peronismo que marca a la gobernadora y a muchos de sus principales espadas, entre las que destaca un Cristian Ritondo cada vez más volcado a Vidal, más asociado a Frigerio y a Emilio Monzó -cuya mirada vuelve a adquirir peso específico tras haber sido desechado a instancias del alicaído Jefe de Gabinete-  y muy lejos de Mauricio Macri y sus sesgadas visiones.

Tal vez no haya tiempo, pero quienes saben escuchar a los protagonistas aseguran que el nuevo perfil será -se gane o se pierda en octubre- el que marcará el futuro del espacio, ya sin Macri, a partir del nuevo tiempo que se abre en el país.

Por ahora todo indica que ya nada es como antes del último domingo.