EL TRABAJO EQUIVOCADO

El aniversario de Mar del Plata puso en cuadro el mundo de fantasía en el que vive el intendente. Incapacitado de resolver las cuestiones propias del cargo divaga por alturas que lo marean.

Carlos Arroyo no es perverso ni corrupto, tan solo es un personaje disparatado que no ha podido abandonar las aventuras infantiles propias de su tiempo, aquellas en las que siempre había un bueno que ganaba y un malo, feo además, que era destruido por el heroico defensor de los valores de la época,

Así nuestro intendente no puede entender un mundo sin aquellos valores, aquella moral y aquel patriotismo. Sin entender que setenta años después del florecimiento maniqueo posterior a la Segunda Guerra Mundial las cosas son diferentes, la realidad también lo es y la sociedad ya no quiere Caballeros Templarios que pretendan obligarla a sostener aquellas cosas que a ellos le parecen correctas.

Hoy vivimos una libertad que, con todos los riesgos que supone, permite a los hombres y mujeres ser ellos mismos y estirar o angostar los límites de sus propios valores. Un mundo que además se comunica desde cualquier rincón del planeta y comparte en las redes sociales sus visiones, prejuicios e intereses.

Sostener su intención de trabajar “por el respeto a las instituciones, por recuperar todos los valores que una vez la Argentina supo tener y ejercer. Estos valores que fueron los que nos enseñaron nuestros abuelos y tatarabuelos” puede ser encomiable desde sus personales convicciones pero empuja a Mar del Plata y Batán  tantos casilleros hacia atrás como puedan caber en un siglo. Su obligación como intendente es mantener a la ciudad en condiciones de convertirse para sus habitantes en lugar de bienestar presente e integración futura.

Limpia, sin baches, iluminada, con sus paseos públicos ordenados y al servicio de la estética y el ocio ciudadano, sus playas equipadas con todo aquello que exige el consumidor de turismo del siglo XXI, un transporte público ágil y ordenado, una administración municipal moderna que acompañe las necesidades del contribuyente y no se convierta en una piedra en el camino de los hacedores, una presión fiscal propia de un mundo en búsqueda de inversiones y no en un arma apuntada contra la cabeza de aquel que logra sacarla por arriba de la línea de flotación.

El trabajo de Arroyo es administrar una ciudad -que bajo su gestión ha pasado por los bochornos más inimaginables- que jamás le pidió convertirla en campo de batalla de sus inquinas personales o tierra de cultivo de sus enmohecidos cánones morales. Y esa administración hoy brilla por su ausencia….

” Los errores comenzaron cuando se perdió el respeto a las autoridades, el orden y la moral; y cuando algunos despistados creyeron que podían torcer la voluntad de Dios” sostuvo en su discurso aniversario. ¿No será mucho?, ¿en serio cree el intendente que nuestra ciudad se alzó en apostasía?. Porque tal vez no seamos pocos los que pensamos que los males comenzaron cuando un puñado de hombres, autotitulados políticos aunque nada hagan de lo que indica esa maravillosa ciencia a la que los sabios convirtieron en arte, creyó que administrar el poder significaba salvar su futuro y el de sus familiares, dar rienda suelta a personales vanidades, imponer la propia razón por sobre la del conjunto y confundir la cosa pública con los intereses privados.

Algo que se acerca más a lo que el ciudadano percibe de este tiempo de gobierno de Arroyo, antes que su sueño de ser el nuevo cruzado de la vieja moral.

Y que claramente está en el trabajo equivocado…