El Trinche Carlovich lleva la alegría debajo de su pie

Un poema de Alejandro C. Tarruella que rescata la magia de un futbolista sin tiempo que hizo del placer del juego una razón de su propia vida. Un homenaje que invita a conocer a los distintos que saben lo que quieren.

Alejandro C. Tarruella

Alejandro C. Tarruella, periodista, escritor, autor de «Montoneros el regreso tardío» condenando la contraofensiva «montonera» y otro, reivindicando Envar El Kadri, uno de los artìfices de la «Resistencia Peronista» y de la primera Juventud Peronista, es también un hombre de fútbol. Hincha perpetuo y trascendente de los Millonarios saltó de «Panorama» a «Primera Plana» cuando compró las acciones Jorge Antonio, mítico dirigente y amigo de Juan Perón, allá por 1985.

En su antigua casa de San Telmo recibe amigos, comparte conversadas tertulias en las que despliega sus dotes de buen anfitrión y eximio memorista y suele compartir con nuestro José Luis Ponsico y el colega Horacio Del Corro -habitué de las páginas de Libre Expresión– lo que han llamado presuntuosamente «Tres gallinas en la fuente» un círculo diletante al que nunca accederá, por bostero pertinaz, el director de este medio.

Pero el buen fútbol siempre unirá los extremos que marcan el color de la camiseta amada. Y Tarruella, con alma de poeta urbano que vuelca en rima todo aquello que asombra al hombre de ciudad que sigue siendo permeable a esas historias de romanticismo y magia que llegan desde un interior lejano y tantas veces admirado, no podía eludir la leyenda del Trinche Carlovich que por estas horas conmueve el corazón de quienes seguimos pensando que el arte de la redonda tiene mucho de un cuento lleno de picardía, talento y diversión popular.

O de un verso…que es el territorio de nuestro amigo.

El Trinche Carlovich lleva la alegría debajo de su pie

   Toco y me voy. Luis Pentrelli

 

El Trinche Carlovich lleva la alegría

debajo de su pie,

su estratagema consiste

en no dejarse ver como ahora

cuando anuncian que se fue

en un “toco y me voy” refulgente

porque hay que mirarlo sobre las arboledas

de Tablada, por entre los potreros tristes

que apagan los miserables de los edificios usurarios.

Carlovich le hace entonces

su penúltima gambeta y dice: me voy

como cuando lo llamaron a la selección

y su doble caño dejaba sin voz a los grandes

cuando lo sacaron porque humillaba.

Jugó en Central y tantos otros, sin ruido,

callado como un giro de pelota que va al caño,

lo volvieron a llamar a la selección

 y fue de pesca con amigos.

Jugó por todas partes y desde abajo,

sin ser visto como al trazar un caño

y milongueó de lo lindo en el desierto,

los diarios no contaban su hazaña

por lo que el pueblo tuvo que armar su leyenda;

.

Su vida era alegría y el fútbol grande no comprendía.

Los dictadores no eran de su gusto,

gambeteaba, los sinsabores no eran lo suyo,

gambeteaba, la vida le era un peso inútil, gambetea.

La gambeta para el Trinche, es un modo de filosofar

para que otros crean que te vas cuando apenas permanecés.

Siempre a sus espaldas abandonaba silencios

en donde otros escribían el mito,

el doble caño que no quiso registrar,

la pelota bajo su pie durante diez minutos,

la garganta ahogada de cientos

perdidos en el asombro de su alegría.

Eras el más grande, dijo Diego, y te amuchabas

para compartir el dolor de los del último suelo.

Era demasiado, Trinche, para resistir

a una mirada atónita en el tablón de historia.

“¿Qué es llegar?”, preguntabas si hablaban de fama:

Sabías partir a estar en un mismo lugar.

“No quise alejarme de mi barrio, la casa de mis viejos,

de estar con el Vasco Artola.

Soy una persona solitaria.

Me gusta estar tranquilo, no por mala voluntad”, gambeteabas.

Ahora queda lo que escriben en los ranchos,

en la ciudad, en la isla, en las villas y en el río,

decir que el Trinche se fue es repetir la escena,

una gambeta, doble caño, levantar la cabeza,

hacer la pausa de Menotti y beber silencio

en tanto el próximo jugador baila sin proponérselo

y la tribuna boquiabierta echa una mirada

al cielo y de soslayo, otea la cancha

para describir en el fluir de su impaciencia

tu próxima página en una lágrima.

Ya lo sé, vos la harás una pelota; la echarás a rodar

para engrosar la página que escribe

un ebrio sentimiento desolado

de aliento anónimo y color popular.

Creeme Tomás Felipe: de ahora en más

todo lo que se cuente de vos en más será verdad

como esa gambeta que no se deja ver

y se contará en Rosario con un trago de vino

en la mesa feliz de los desahuciados,

mediocentro y zurda dribleando el corazón como si nada.

 

Alejandro C. Tarruella

Barracas, 9 de mayo de 2020