EL VALOR DE LA PALABRA EN TIEMPO DE CRISIS

Economizar palabras es un mandato técnico irrenunciable en tiempo de crisis. Entender las diferencias humanas para percibir el mensaje no solo es una muestra de inteligencia sino de liderazgo.

Adolfo Hitler disfrutaba de dar kilométricos mensajes, llenos de palabras incendiarias y sostenidos en una épica escenografía plagada de símbolos, antorchas y marcialidad, que le fueron útiles para generar fanatismos que cayeron como un castillo de naipes apenas las fuerzas aliadas desembarcaron en Normandía y avanzaron imparables sobre una Alemania que además sabía que los rusos llegaban desde el este luego del fiasco de la Operación Barbarroja. Y es que los fanatismos son tan explosivos como abandónicos en la derrota…

Winston Churchill sintetizó todo lo que tenía que decir a los británicos: «solo puedo prometer sangre, sudor y lágrimas» dijo el líder. Y creó una sociedad convencida, solidaria y capaz de hacer lo que había que hacer para no cambiar su propia cara.

El mensaje de Alberto Fernández para anunciar la prórroga del aislamiento obligatorio fue bueno. El presidente se mostró al frente de la situación y supo sostener en datos concretos una verdad tranquilizadora que el tiempo dirá si es además «la» verdad.

Pero se equivocó cuando intentó explicar la posibilidad de que los argentinos retomen la actividad física y dejó en la audiencia un mar de dudas que muchos utilizaron para generar un gran debate mientras otros desempolvaban arrumbadas zapatillas para salir a realizar corridas y caminatas que jamás estuvieron en su mira antes del coronavirus.

«Analizamos todas las circunstancias y estudiamos las actividades que permitiremos, siempre dentro de los parámetros del cuidado general. Iremos informándo en cada caso». Esto debió decir el presidente; economizar palabras y evitar que el receptor las interprete como más le conviene.

Si es bueno que los gobernantes evalúen siempre lo que comunican a los gobernados, cuanto más en tiempo de crisis cuando los ánimos no tienen serenidad para absorber cataratas de palabras, decodificarlas y entender aquello que se les quiso decir.

Tiempos en los que los encargados de la comunicación oficial deben entender a la gente y no al que manda.

Y este no debe olvidar aquel dicho español que sostenía que «lo bueno, si breve, dos veces bueno» ni a su menos popular conclusión que recordaba que “aún lo malo, si poco, no tan malo”.

Y ocurre que lo malo, esta vez, de poco no tiene nada…