En la curia codo a codo, somos mucho más que dos

Benedicto XVI no pudo sostener la presión de una curia corrompida. Ahora, ente las dificultades que atraviesa Francisco, se pone a su lado para apuntalarlo en la pelea.

Hay feeling entre Francisco y Benedicto. A pesar de ser tan distintos en las formas y en el estilo, les une la misma fe y la experiencia compartida de la carga casi insoportable del papado. Tan pesada que obligó a renunciar al Papa Ratzinger. Tan pesada que al propio Papa Bergoglio le está costando Dios y ayuda reformar la Curia y renovar la Iglesia.

Dios se supone que siempre está dispuesto a echar una mano a su «vicario» en la tierra. Y el Papa emérito, con su mera presencia en San Pedro, para asistir a la creación de los nuevos cardenales, escenifica su apoyo total al Papa reinante.

Consciente de ello, lo primero que hizo Francisco, antes de iniciar la ceremonia de creación de nuevos cardenales, fue dejar el báculo en manos de su maestro de ceremonias, acercarse al Papa emérito y fundirse con él en un cálido y largo abrazo, seguido de un apretón de manos reiterado.

No es la primera vez que el Papa anciano y sabio brinda su sostén físico y espiritual a Francisco. Pero esta vez su presencia al lado de Bergoglio es más necesaria que nunca y, por ende, más significativa.

Cuando las críticas contra Francisco arrecian y ya no se esconden. Cuando un cardenal como el norteamericano Raymond Burke declara que está dispuesto a «resistir» al Papa, si sigue con sus reformas, la presencia del Papa Ratzinger es todo un espaldarazo a su sucesor. Sin decir una palabra, Benedicto proclama un axioma eclesial: «Nada sin Pedro». Y Pedro hoy es Francisco.

Cuando la oposición a la reforma en marcha de la Curia es más feroz que nunca, porque desmonta cordadas, destroza lobbys y trunca el carrerismo y las apetencias de poder de un gran número de eclesiásticos curiales, Francisco necesita a su lado la sombra protectora de Benedicto. Porque el Papa emérito sufrió en sus propias carnes las dentelladas de un aparato vaticano al que, en varias ocasiones, trató de «manada de lobos» y amonestó con esta durísima frase de San Pablo: «Si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente».

Un abrazo público que sella un pacto implícito: Francisco está terminando la limpieza de la Curia y Benedicto le presta toda su ayuda moral, para que sea capaz de llevar a buen término lo que él ni siquiera pudo comenzar. Quiere dejar claro a los ojos del mundo y, sobre todo, de la propia Iglesia que la primavera de Francisco es justa y necesaria.

Un guiño de Benedicto especialmente dirigido al ala conservadora del colegio cardenalicio, liderada por Raymond Burke y Gerhard L. Müller, el prefecto de Doctrina de la Fe, y a la que se están sumando cada vez más purpurados. Son todos del sector conservador y ya no se ocultan para decir que no comulgan con la forma de ser, de gobernar y de hablar del Papa.

La campaña abierta contra Francisco está llegando ya al punto de no retorno. Y es que el núcleo duro de este sector se está planteando ya no sólo la pública disidencia, sino la desobediencia. Que un cardenal desobedezca al Papa es un pecado, porque atenta contra el juramento de fidelidad al sucesor de Pedro «hasta derramar la sangre» por él, que realizan antes de recibir el capelo. Por mucho que la rebelión cardenalicia se trate de justificar diciendo que ni el Papa está por encima de la ley canónica.

La verdad de los disidentes la acaba de retratar el cardenal de Washington, Donald Wüerl: «El hilo común que unifica a todos los disidentes es que están en contra del Papa, porque el Papa no está de acuerdo con ellos y no sigue sus posiciones». Son los papistas con condiciones.

Francisco, sumamente consciente de esta rebelión conservadora cardenalicia, se está apresurando a formar «equipo», es decir añadir al colegio cardenalicio eclesiásticos moderados, procedentes de las periferias y que comulgan, por pensamiento y vida, con su objetivo prioritario: convertir a la Iglesia-aduana en Iglesia-hospital-de-campaña.