¡Es el básquet, estúpido!

El equipo argentino demostró que la filosofía que forjó la Generación Dorada es parte del valioso legado, pero es realmente el básquet como deporte lo que genera este compromiso con la selección más allá de los nombres.

Por Florencia Cordero

Como aquella frase que se utilizó en la campaña presidencial de Bill Clinton para enfrentar a su adversario George Bush que, en los papeles, parecía imbatible por el éxito de su política exterior. «Es la economía, estúpido», decía el cartel en el bunker opositor. Y así empezó a sonar fuerte como un slogan ese argumento que hacía foco en lo que estaba pasando realmente con la vida cotidiana de los estadounidenses por fuera de las cuestiones políticas.

A la luz de los resultados obtenidos en el Mundial de China 2019 y con la selección argentina otra vez dominante a nivel internacional queda claro que el éxito logrado va más allá de una generación. Es el básquet. Este deporte que inspira, que motiva, que contagia. Con los de antes y con los de ahora.

El éxito de la nueva camada pone en evidencia la esencia de un deporte que hace culto del trabajo de equipo, fomenta la solidaridad entre pares, invita a la superación personal y requiere de una preparación mental que obliga a usar la inteligencia para competir.

Estos chicos crecieron con el ejemplo de la Generación Dorada y experimentaron una transición de manera natural con referentes que marcaron el camino, pero con la convicción de que debían escribir su propia historia. Nacieron sabiendo que ser parte de la selección argentina implica tener una disciplina, ser profesional, estar predispuesto a seguir aprendiendo y no dejar nada librado al azar. Y este camino empieza en los clubes, con sus entrenadores formadores, con el comportamiento respetuoso dentro de la cancha y la oportunidad de incorporar valores que los van a acompañar durante toda la vida.

Cuando Manu Ginóbili le hizo notar a Campazzo que «tenía panza», el base cordobés entendió el mensaje, actuó en consecuencia y modificó sus hábitos alimentarios para estar a la altura de sus aspiraciones deportivas. Sólo un ejemplo -de tantas situaciones que se fueron dando entre los experimentados y los jóvenes- de lo que representa tener un guía en el recorrido y saber dar el próximo paso para ser siempre un poquito mejor. Por eso cuando llegó la hora de convertirse en protagonistas, los «nuevos» ya tenían incorporada esa filosofía de trabajo que fueron mamando desde la primera hora para aplicarla en sus clubes y después en la selección.

Disfrutamos a pleno de la Generación Dorada y estiramos ese tiempo glorioso quizás más de la cuenta creyendo que iba a ser irrepetible. Pero la historia de Argentina sigue viva más que nunca con otros apellidos y la misma esencia. No es una casualidad. Es el básquet. Y la virtud de aquellos que supieron seguir el ejemplo de los que abrieron el juego para seguir dejando huella.