ESTERTORES

Hay una Argentina que se muere, y seguramente no sean muchos los que la lloren. En su agonía insiste en atarnos al atraso, a las miserias corporativas y la la imposibilidad de mirar al conjunto.

No es casual que en un mismo día los marplatenses nos encontremos con el municipio cerrado, los docentes rechazando la evaluación Aprender, los judiciales anunciando un paro para la próxima semana, los pilotos en otro de sus salvajes planes de lucha y varios conflictos más por el estilo. Y no lo es porque en cada caso quedan flotando en la superficie privilegios insólitos que los gremios han ido acumulando, a lo largo de los años, con un estado que casi con continuidad han integrado.

Privilegios que siempre debe sostener con sus impuestos esa clase esclava de la sociedad argentina que es el sector privado en general y la clase media en particular. Todos los que si no logran resultados en su trabajo seguramente se quedarán sin comer, mientras quienes manejan la cosa pública cobrarán sus altos salarios aunque solo sean capaces de generar déficit, atraso e ineficiencia.

El gran desafío de esta hora es que esa Argentina parasitaria entre por fin en el olvido. Sin crueldad, sin persecuciones…sin grietas. Pero con la firmeza suficiente para no caer una vez más en la trampa de los “derechos adquiridos” a costillas de los que trabajan en serio.

Si no comenzamos a premiar a los que producen, si no apostamos por la generación de riquezas que saquen al país de esta postración constante, seguiremos cantando “combatiendo al capital” aún cuando éste desaparezca y nos convirtamos en un país ciertamente dependiente.

Porque los cultores de tal estrofa tuvieron las 2/3 partes del tiempo de gobiernos democráticos para demostrar que los privilegios que ellos otorgaron -y que los demás civiles y militares que los suplantaron en el poder, no siempre con buenas artes- eran el camino virtuoso hacia el éxito. Y en realidad representaron el círculo vicioso del fracaso.

Vayan entonces estos estertores de un país que se va y sirvan como ejemplo del egoísmo y falta de sentido de comunidad de quienes los padecen.

Los municipales que no son capaces de esperar 24 hs. para cobrar sus salarios…

Los docentes que no aceptan que el estado evalúe los frutos de su trabajo…

Los judiciales que enfurecen cuando el presidente marca sus insostenibles privilegios…

Los pilotos que sospechan que la apertura del mercado de la aeronavegación atentará contra un sistema de prebendas laborales que el día que tome estado público desatará un escándalo de proporciones y seguramente la furia de la gente, siempre rehén de estos señores a los que el mundo entero mira como portadores de ventajas inconcebibles en el mercado…

O cualquier otro de los millones de ciudadanos que, sin concurso ni antecedentes, han logrado el beneficio de un contrato blindado que los asegura en su puesto aunque no sirvan, no rindan y ni siquiera lo intenten.

Todos los que, en fin, ocupan lugares en condiciones que los convierten en intocables dentro de la estructura de un estado que para los ciudadanos es el más caro del mundo pero brinda los servicios más ineficientes del planeta.

Estertores de un sistema que se muere y al que ningún argentino inteligente puede tener ganas de resucitar…