FAVALORO: EL GATILLO QUE APRETÓ EL SILENCIO

Hace 20 años, cansado de luchar y harto de la indiferencia del estado, el célebre médico argentino ponía fin a su vida. Pero no fue su mano la que empuñó el arma y la dirigió al corazón…

 

Una sociedad acostumbrada a resolver todo con solo encontrar un culpable y un pretexto optó por señalar con el dedo acusador a quienes desde el estado habían negado la ayuda que René Favaloro pedía para su fundación, reconocida en el mundo entero como uno de los centros cardiovasculares más modernos, adelantados  e importantes.

Pero aquella mano que dirigió el cañón de su pistola hacia el propio corazón había sido armada por todos. Por los culpables directos de su desesperanza, que los hubo, y por quienes los habían entronizado en un poder para el que no estaban ni moral ni formalmente preparados. Por una sociedad, en definitiva, que pocas veces ha sabido diferenciar lo realmente importante de aquello que a cada uno de sus integrantes le gusta o le conviene.

Porque la crisis que llevó a Favaloro a tan drástica decisión no había comenzado con el gobierno de turno; venía de mucho antes, desde el mismo momento en el que irracionales políticas en materia de salud, de obras sociales y de condiciones financiera hicieron imposible avanzar en un proyecto luminoso como el que soñaba sin caer en esas reglas de juego tramposas que acompañan desde hace décadas a cualquier emprendedor argentino.

«No puedo cambiar, prefiero desaparecer», escribió Favaloro dejando en claro que sus convicciones le impedían ceder al mecanismo imperante, que no era otro que el del «retorno» a los caciques sindicales que manejaban y manejan las obras sociales y a los funcionarios del área que, ante la negativa del médico a ceder a estas maniobras, retenían los expedientes durante años pese a la súplica permanente del interesado, que veía desmoronarse algo que había construido con una única intención: medicina cardiovascular de primer nivel y gratis para todos los argentinos.

«¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!. Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica», escribe amargamente en aquel estallido final.

Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país. Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros, (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente)», culmina antes de apretar el gatillo.

Tras su muerte…lo homenajes, los discursos, los reconocimientos. Una contienda de palabras huecas con más tufillo culposo que sincero; nadie quería ser señalado como responsable de tanta desesperación y mucho menos de aquella decisión final.

Pero los responsables siguieron adelante como si nada hubiese pasado y continuaron disfrutando de sus fortuna mal habidas, construidas sobre la sangre y la muerte de millones de trabajadores argentinos a los que tantas veces se les retaceó esa asistencia médica que podía salvar sus vidas. Y que como la mayoría de nosotros sabían, entendían…y callaban.

2o años después René Favaloro ya es bronce, estatua, símbolo. Y tal vez creamos que convirtiéndolo en procer estamos cumpliendo con un acto de justicia, cuando en realidad su único sueño era curar, operar, servir a su patria y a su gente. Todo eso que le negamos construyendo esta cloaca llamada Argentina en la que solo los corruptos tienen la vía expedita hacia el éxito. Pero mirar una estatua y hablar a nuestros hijos de los valores del homenajeado siempre es más fácil que seguir su ejemplo.

Aunque a lo mejor, y sin darnos cuenta, tal vez haya habido un momento en el que nos apuntamos al corazón y disparamos el tiro mortal. Sin gloria ni cansancio…solo por comodidad.