Feminismo: la revolución que llegó para quedarse

Por Adrián FreijoQuien no entienda que el feminismo es una revolución equiparable a las más importantes de la historia dificilmente pueda comprender el mundo que viene.

El 3 de junio de 2015 la marea de mujeres que ganaron las calles de todo el país al conjuro del #NiUnaMenos tal vez no llegó a tomar conciencia de que lo que allí nacía era una revolución destinada a cambiar para siempre la estructura social, cultural y moral de la Argentina.

A su manera estaban teniendo su propio 17 de octubre, aunque aquellas jornadas de 1945 tuvieron un desenlace aluvional y estas del 2015 daban comienzo a un proceso cuyos logros requerirán de más tiempo y más etapas. Pero las consecuencias sobre la vida del país no dejarán de ser las mismas: ya nada será igual desde ese día.

Todos los procesos revolucionarios nacieron y estallaron de la mano de la convulsión y cada uno de ellos ha tenido visiones y concreciones diversas, a punto tal que en sus diferentes etapas pudieron llegar a ser tildados de desprolijos y hasta de incoherentes.

La Revolución Rusa tuvo bolcheviques y mencheviques, leninistas y trotskystas y hasta déspotas encarnados en la siniestra figura de José Stalin. Pero la semilla del socialismo se extendió por el mundo entero más allá de los apresurados, los retardatarios y los oportunistas.

La Revolución Francesa nació en medio del enfrentamiento de jacobinos y girondinos, para desembocar en la autocracia napoleónica que poco tenía que ver con los ideales de «Libertad, Igualdad, Fraternidad» que sin embargo solo quedaron suspendidos en el tiempo para retomar el centro de la escena años después y ya no irse nunca más de la organización social y política de Occidente.

No es fácil decantar en sus formas una revolución pero tampoco lo es comprender su fondo. Y el feminismo, que suma la singularidad de ser una revolución sin líderes, trae un mensaje que por claridad, contundencia y razón no requiere demasiadas explicaciones.

Si hasta nace a esta etapa con sus propias definiciones y lenguaje: el «sorora» de hoy es el «ciudadano» de la Francia revolucionaria, el «camarada» del estallido comunista soviético y el «compañero» de nuestra historia peronista.

La sola mención a la instalación del debate sobre la Interrupción Voluntaria del Embarazo es dato suficiente para comprender, más allá de cada uno, la profundidad de esta revolución naciente (¿o latente?): es la primera vez que la sociedad y sus instituciones discuten sobre el principal derecho de las personas que es el de la vida y el propio cuerpo.

No preguntemos entonces quien es el líder, porque la respuesta está a la vista: Todas;

No nos interroguemos sobre la materia que se trata, porque es ella tan obvia que hay que ser tonto o malintencionado para no entenderlo: La Vida.

Y sobre todo…no nos asustemos. Todas las revoluciones tuvieron excesos, porque esos excesos fueron la respuesta a los que antes habían padecido sus constructores. Pero siempre marcaron avances en la comprensión universal y consagraron derechos que pretendían ser acallados por el poder constituido, en todo tiempo y lugar.

La Revolución de las Mujeres llegó para quedarse, y no es aventurado pensar que tiene muchas cosas buenas para aportar a la calidad de la vida sobre este mundo. Lo saben todos y hasta quienes están obligados a sostener posiciones dogmáticas contrarias a sus postulados, saben que la ola es imparable y que más temprano que tarde la comprensión deberá ceder paso a la obsecación.

Tal vez por eso el Papa Francisco, que no puede hacer otra cosa que sostener el dogma cristiano frente a la cuestión de la vida, se esfuerza por mantener una mirada comprensiva, para nada descalificatoria, sobre aquellos que piensan distinto. Sabe que está frente al mayor desafío temporal de un papado en los últimos cuatro siglos.

Asumamos esta realidad, aceptemos que se trata de un avance de la convivencia y la razón y preparémonos para un mundo nuevo, más justo y más lógico.

Como debe ser…