FUERON ELLOS, FUIMOS TODOS

La muerte de Fernando Báez Sosa convocó la mirada de la sociedad sobre hechos que no le eran ajenos pero que hasta ahora eran tomados con esa indiferencia criminal que nos puso donde estamos.

Muchos meses, tal vez años, antes de que Cromañon ardiera y se llevase la vida de 194 jóvenes, ese y muchos otros boliches del país no respetaban el cupo máximo de gente permitido y duplicaban o hasta triplicaban la capacidad de sus locales. Quienes vivimos en Mar del Plata sabemos que esto era habitual en algunos de los más conocidos lugares de esparcimiento de la ciudad.

Pero bastó que se desatase aquel drama…y ya nada fue igual.

Antes de que apareciera el cadáver de Omar Carrasco en el cuartel de Zapala,  miles de conscriptos y aspirantes eran «bailados» diariamente en las unidades, liceos y escuelas militares sin que nadie tomase nota de esa violación a la dignidad de las personas.

Pero bastó que se conociese su calvario…y ya nada fue igual.

Hay casos que operan como disparadores de una sociedad cuya indiferencia a veces se mezcla con la complicidad. Esa sociedad que nunca sabe nada; que no ve la corrupción mientras su bolsillo no pase privaciones, que no percibe las más horrendas violaciones a los derechos humanos a cambio de vaya a saber que idea del orden y la seguridad rondan por su cabeza, que no descubre la pobreza hasta que se choca con gente durmiendo en la calle, chicos sub alimentados y lunares de miseria que por cierto ahí estaban a la espera de que alguien tomara nota.

Eso si…cuando ya no es posible mirar para el costado, solo hace falta encontrar un culpable y un pretexto para seguir adelante como si nada.

Pero en los casos citados y ahora en el brutal crimen en Villa Gessell del joven Fernando Báez Sosa en manos de un grupo de rugbiers zarateños, ya nadie podrá hacerse el tonto y seguramente será un antes y un después en el problema –si, problema– de la nocturnidad.

Porque no pasó nada que no supiésemos ni que no sea habitual en las madrugadas de los centros urbanos y sus zonas de divertimento juvenil. ¿O ya nos olvidamos las imágenes repetidas hasta el cansancio de decenas de chicos aporreándose en la zona de Playa Grande o de los patovica golpeándolos como si fueran una bolsa de arena?.

Pero esta vez Fernando murió. Y ya no puede obviarse el tomar nota de un fenómeno de violencia que está más extendido de lo que queremos admitir. Y que se sostiene en el alcohol y la droga, es cierto, pero también en la indiferencia, incapacidad o miedo de los padres para poner límites a sus hijos en una sociedad gobernada bajo el falso paraguas del progresismo, la permisividad y el vale todo.

Una mezcla en la que ni está ajena la corrupción policial, la irresponsabilidad política y su vinculación con el narcotráfico -que financia la actividad desde la década del 80 y que hoy coloca a sus propios personeros en bancas y cargos de poder- y también el consumismo desmadrado que tiene a los adultos corriendo detrás del «tener» mientras los más jóvenes pierden contacto con el valor del «ser».

Por estas horas se intenta vanamente vincular al rugby con lo ocurrido. Y nada tiene que ver, como las ideas no tenían que ver con los horrores del Proceso, el uniforme con la muerte de Carrasco o la pirotecnia con el desastre de Cromañon. Pueden ser disparadores, vías o efectores…pero la culpa es de la sociedad y su indiferencia convertida en perversión.

Si disolvemos el Ejército, cerramos todos los boliches o terminamos con el rugby…¿alguien puede asegurar que las cosas van a cambiar?. ¿Alguien cree que por decreto puede curarse una enfermedad social que crece sin tratamiento alguno y busca cada día un síntoma nuevo de su brutalidad desmadrada?.

Pero lo que no podemos hacer es…nada.

Como conjunto y cada uno individualmente debemos poner los límites a semejante violencia desatada en nombre del divertimento. Y sobre todo exigir de las instituciones -que sostenemos con nuestros impuestos- que lleven adelante los controles necesarios y apliquen los castigos condignos al crimen que representa intoxicar a nuestros hijos a cambio de unos pocos pesos.

A los que quieren «tener» a cualquier precio, contestarles como una comunidad que quieres «ser», de una buena vez, capaz de vivir con tranquilidad y equilibrio.

Y así, solo así, la muerte de Fernando no habrá sido en vano…