Hace una década «su blanco bandoneón» se hacía leyenda

Se cumplen 10 años de la muerte de Rubén Juárez, quien supo abrirse paso dejando su marca personal en la música argentina y éxitos como «Qué tango hay que cantar» y «Mi bandoneón y yo».

Conocido como «El Negro», Juárez se caracterizó por ser, quizás, el único intérprete de tangos que solía cantar acompañado por su bandoneón -recordado por su llamativo color blanco-, algo que lo llevó a erigirse en una figura importante de la historia de la música rioplatense.

Fue velado en la legislatura porteña y su viejo amigo lo acompañó

«Rubén era un desborde de generosidad, porteñidad y nocturnidad, un tipo al que se extraña y se necesita todos los días. Además era un chico grande, súper cariñoso y cabrón cuando tenía que serlo, ya que poseía un carácter bravo ante las agachadas. Era y seguirá siendo un artista con mayúsculas que creó un estilo propio dentro un género tan difícil como el tango», indicó Carlos Varela, quien fue su mánager y productor de «El álbum blanco de Rubén Juárez» (2002), su último disco de estudio.

Nació en Ballesteros, en la provincia de Córdoba, el 5 de noviembre de 1947 pero se crió en Avellaneda, en el sur del Gran Buenos Aires. Se hizo famoso al llegar al escenario de Caño 14, en 1969.

Fue recibido como una joven promesa del tango, en un tiempo difícil para el género, afectado por dictaduras que recelaban de la cultura y la identidad. Las nuevas generaciones le prestaban atención a los artistas del rock y a los salidos del Club del Clan.

Ese mismo año grabó con el sello Odeón «Para vos, canilla», que fue un éxito inmediato. Al año siguiente ganó notoriedad gracias a su participación en el programa «Sábados circulares», de Nicolás «Pipo» Mancera.

De pequeño estudió bandoneón con Domingo Fava. A los nueve años comenzó a tocar en la Orquesta Típica del Club Atlético Independiente. En la adolescencia estudió guitarra y tuvo varios grupos de rock como Los Tammys, que formó junto a sus amigos del barrio.

Unos años más tarde conoció al guitarrista Héctor Arbello, quien había tocado con Julio Sosa y junto a quien luego formó un dúo que lo llevó a recorrer distintos puntos del país.

Con apenas 22 años e impulsado por Lucio Demare, Juárez llegó a Caño 14, donde se consagró desde su primer recital como uno de los artistas más destacados del lugar.

Su padrino artístico fue nada menos que Aníbal «Pichuco» Troilo, quien lo acompañó en su formación y lo guió musicalmente, al igual que el reconocido violinista y director violinista Enrique Francini.

Con canciones propias como «Qué tango hay que cantar», «Mi bandoneón y yo», «Candombe en negro y plata» y «Cuestión de ganas», y sus versiones memorables de clásicos del género, Juárez fue construyendo un estilo propio que trascendió en el tiempo.

El cantor y arreglador Carlos Varela destacó esa faceta creativa de «El Negro» y enfatizó: «Creo que el aporte de Rubén al tango es mayúsculo, ya que era un tipo que sabía y tenía muy en claro que es lo que quería. Siempre estrenó tangos, cosa no muy habitual entre los intérpretes, y aquello que estrenaba Juárez al poco tiempo se transformaba en un éxito. Eso lo define».

Acerca del recorrido de su entrañable amigo, Varela subrayó la importancia de haberse rodeado siempre de buenos músicos. «Desde sus comienzos tocó con el guitarrista Héctor Arbelo, luego con Raúl Garello, Roberto Grela y en los últimos 23 años junto a José Ogivieki, con quien dejó dos discos que mostraron una bisagra dentro del tango, ‘De aquí en más’, con obras nuevas suyas, y ‘El álbum blanco de Rubén Juárez’, del que fui su productor», repasó Varela.

A lo largo de su carrera se presentó en los lugares más importantes de Argentina y del exterior. Grabó con figuras como Armando Pontier, Charly García, Pedro Aznar, Leopoldo Federico, Cristian Zárate, Pablo Agri, Daniel Naka y Horacio Romo.

También incursionó en la actuación. En 1989 participó de «Tango Bar», película dirigida por Marcos Zurinaga, coprotagonizada por Raúl Juliá y Valeria Lynch.

En el 2002 se mudó junto a su familia a Villa Carlos Paz, Córdoba, y a partir del 2003 comenzó a cantar acompañado por su hija mayor, Lucila.

Fue distinguido dos años después (2005) con el Premio Konex de Platino en el rubro Cantante Masculino de Tango. Luego fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Falleció a los 62 años, luego de sufrir un intenso deterioro en su salud, producto de un cáncer de próstata que sufría desde hacía varios años.

Dueño de una enorme personalidad como autor e intérprete, el legado del artista espera conectar con las nuevas generaciones tangueras para mostrar que esa impronta fue un destello individual que, sin embargo, es capaz de mostrar nuevos rumbos posibles para el género.